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La revista Semana y algunos noticieros realizan perfiles casi idénticos de alias Tin Tin, “el niño que impone el terror”.
Nos cuentan que se trata de un menor de “tez negra, cejas gruesas, ojos negros, boca amplia y una cicatriz que le atraviesa la frente”; que “encarna el deterioro de la seguridad”; “es el diablo”; “tiene más de 50 muertos encima”, “provoca pavor y usa aretes”.
Informan también que Tin Tin fue capturado y que, ciego de furia porque no se le permitía una visita conyugal, atacó y secuestró a todos sus guardias. Los perfiles hacen énfasis en “la cadena de homicidios y extorsiones que afecta a la región” y terminan siempre con la misma parábola sobre el Chocó: “en este departamento el tema de orden público se suma a la pobreza y corrupción históricas, en una tierra de biodiversidad, riquezas naturales y culturales”.
Al insinuar que el orden público de una región depende de una sola persona, estas descripciones presentan una explicación digna de cuento infantil, de una situación bastante más enredada. Los adjetivos y situaciones exageradas que se escogen hacen pensar, por ejemplo, en un muchacho negro de fuerza descomunal. Un Tin Tin sobrehumano, inmune al sufrimiento o al dolor (reforzando ideas que, entre otras cosas, se usaban para justificar la esclavitud).
Y vuelve entonces el sonsonete del “tan ricos pero tan pobres”, “pobres pero con mucho por explotar”, con todas sus variantes. A veinte años de la Ley 70 (llamada también Ley de Negritudes), sectores mayoritarios de la prensa escrita, televisada o radial, copian, pegan y recitan el párrafo vacío que tienen aprendido para describir al Chocó.