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Sueños rotos

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“Estos jóvenes de hoy no han conocido la oscuridad”, escribió Manuel Vicent el domingo pasado en El País, “pero están machacados, tienen el horizonte cerrado”.

Esa frase, y la comparación entre ayer y hoy que Vicent realiza en su magnífica pieza, son de una contundencia que invita la más alta forma de elogio: la imitación. He aquí una versión modesta de su escrito para Latinoamérica.

Año 1973. La joven lee a su compañero pasajes de Las venas abiertas en voz baja mientras viajan en el transporte público bogotano. Minutos después se pone de pie y lee en voz alta a todos los pasajeros. En Buenos Aires, un estudiante va de librería en librería leyendo un capítulo tras otro porque no tiene dinero para comprar el libro.

Lumi Videla, estudiante de filosofía de la Universidad de Chile, madre y militante, está a punto de ser torturada en una casa de detención de la calle José Domingo Cañas. Su hijo de un año de edad crecerá sin ella. Una joven organizadora de las redes de aprovisionamiento en La Legua increpa a un grupo de socialistas porque no tienen armas que dar a las gentes de la barriada dispuestas a jugarse la vida por la Unidad Popular. “Es que ahora soñamos la realidad”, le había dicho al joven dramaturgo Ariel Dorfman días atrás.

Ellas eran más arriesgadas y más valientes que ellos. Venían de su lucha personal para liberarse frente a sus novios y sus padres. Se implicaron en la lucha política con el corazón. No eran progresistas de manual, ni nacionalistas de manilla. Eran madres, profesoras, profesionales, pero muchas veces les cortaban las alas justo al empezar a ascender.

La extracción social, lo mismo que el compromiso, marcaban la identidad. Si se era de abajo, se era rojo o nada. Sin embargo, en el boceto de esta tragedia por ocurrir había un elemento de frivolidad, de risa y erotismo. Estados Unidos intervino. Después del 11 de septiembre se prohibieron la risa y el erotismo.

Año 2013. Los jóvenes de Chile van a pedirles a sus padres que el día de elecciones escriban las letras “AC” en la balota presidencial. Siguiendo el ejemplo de los jóvenes colombianos, desean convocar desde abajo una asamblea constituyente para liberarse frente a sus padres y los patriarcas de cuatro décadas atrás.

En São Paulo, dos activistas lesbianas consideran frente a sus computadores las marchas de hace unas semanas. No son clase media pidiendo más. Tras Manning y Snowden, son una clase nueva: piden la verdad. Saben que salud y educación son más necesarias que un espectáculo mundial. Piden hacer a un lado las deserciones y el desencanto, sin importar qué suceda: 15-M, Egipto tras el golpe, el Voto Católico y el Esmad. ¿Intervendrán los Estados Unidos? Están aprendiendo que decir la verdad en una época de mentiras es revolucionario.

Óscar Guardiola Rivera*

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