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El parque Yasuní en el Ecuador, en plena selva amazónica a una distancia de 300 kilómetros de Quito, es el área protegida más grande del país vecino.
Su extensión de casi un millón de hectáreas, posee una diversidad de plantas y animales como casi ningún otro lugar de este planeta. Es Reserva de la Biosfera declarada por la UNESCO. Sus ancestrales pobladores son los ariscos huaoraníes, y los taromenane y tagaeri.
En el subsuelo de este tesoro de vida exuberante, irremplazable, se encuentran yacimientos de petróleo, el sucio dios de la energía artificial del mundo. Alrededor del parque ya hay actividad petrolera hace un buen tiempo, y el Ecuador, miembro de la OPEP, deriva un porcentaje cercano al 30% de sus ingresos de la explotación del crudo. Una vez más surge el abominable dilema de un sistema basado en el petróleo: proteger o explotar.
En el año 2007, bajo el mandato de Rafael Correa, el Ministerio de Energía y Minas anunció en un comunicado que la primera opción era “dejar el crudo represado en tierra, a fin de no afectar un área de extraordinaria biodiversidad y no poner en riesgo la existencia de varios pueblos en aislamiento voluntario o pueblos no contactados. Esta medida será considerada siempre y cuando la comunidad internacional entregue al menos la mitad de los recursos que se generarían si se opta por la explotación del petróleo; recursos que requiere la economía ecuatoriana para su desarrollo”. La propuesta se conoció como la iniciativa Yasuni-ITT, y fue considerada una idea excelente, y coherente con la Constitución del Ecuador que declara en su artículo 71: “La naturaleza o Pachamama, donde se reproduce y realiza la vida, tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales, estructura, funciones y procesos evolutivos”.
El Gobierno se comprometió a no explotar crudo en el Parque Nacional Yasuní a cambio de donaciones internacionales calculadas en 3.600 millones de dólares.
Pero esas donaciones (que en realidad eran una compensación de los países industrializados por cuidarles el agua y el oxígeno), seis años después de esta intentona de economía ambiental sin precedentes, no llegaron. Hace unos días, entonces, el presidente le anunció a su pueblo: “El mundo nos ha fallado”, y afirmó su decisión de impulsar la explotación de petróleo en el Parque Yasuní.
En el momento de escribir esta columna, cientos de ecuatorianos se organizan en las plazas para oponerse a la determinación del presidente. La Asamblea deberá considerar ahora si la explotación es de interés nacional; de ser así, podría convocar a consulta popular. Ya sea una estrategia de Correa, o una renuncia ante presiones de países como China, con los que Ecuador está en deuda, lo cierto es que al explotar el 1% de esta área protegida, la “Tierra Sagrada” que es lo que significa Yasuní, se haría el haraquiri.