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La literatura no registra, desde Odiseo hasta Melquiades, un personaje más simpático y embustero que el barón de Münchhausen.
Y como la mejor manera de presentar un aventurero es ponerlo en acción, les resumiré aquí dos hazañas de sus aguerridas expediciones por tierras eslavas.
En el curso de una excursión por los Montes Urales –contaba una noche el barón en la taberna–, descubrí un lago donde nadaban centenares de patos. La boca se me hizo agua. Al revisar la munición comprobé, desolado, que sólo tenía un cartucho. ¿Qué hacer? En la faltriquera encontré 30 metros de cáñamo y 1/4 de libra de tocino. Sin pérdida de tiempo corté un pedazo, lo até a un extremo de la cuerda, me oculté entre los juncales y lo lancé al centro mismo del palmípedo congreso. Al instante picó el primer pato. Un minuto después cuerda y tocino fueron expulsados por la vía natural y engullidos por un segundo pato, que los expulsó puntual y rilosamente al minuto, para ser engullidos por un tercero, un cuarto, un quinto pato… (¡cómo lamenté no haber llevado más cáñamo!) hasta formar una hermosa sarta de 47 patos.
Me los eché al hombro y emprendí el regreso. Como pesaban mucho, los azucé a volar (sin desenhebrarlos, claro), la sarta se desplegó en forma de U (yo sostenía un extremo de la cuerda en cada mano) y pronto me vi llevado por los aires hasta una altura tal que el mundo parecía un pesebre. Tirando ora de una rienda, ora de la otra, fui enrumbando la bandada hacia San Petersburgo. Faltando una milla comencé a torcerles el pescuezo uno por uno y aterricé en la plaza en medio de una multitud lela encabezada por el alcalde: “Hizo muy bien, señor –me dijo–, es justamente lo que hacemos por aquí en esos casos”.
Pero el peor susto de mi vida –confesó otra noche el barón– me lo llevé de una imprudente siesta a orillas del Cáucaso en el curso de un invierno crudísimo. Me había quedado dormido luego de una regia merienda, cuando me despertó un rugido pavoroso. Al abrir los ojos me encontré con las fauces de un oso prestas a cerrarse sobre mi cabeza. Fue tal el sobresalto, que vime de pronto trepado en la última rama de un árbol mientras la tarascada del monstruo peludo se cerraba en el vacío.
Una vez repuesto del susto, busqué una horqueta confortable y esperé. Cuál no sería mi contrariedad al ver que el oso se echaba, muelle, recostado contra el tronco.
Pasaron las horas, y el peludo no se movía. Cuando empezó a caer la tarde, la temperatura descendió abruptamente. Cuando oscureciera, el frío iba a ser insoportable. Decidí jugármela y mandé la mano a la cintura: ¡ay, la cartuchera estaba vacía! En las carreras, el cuchillo se me había caído. Lo busqué con la mirada y lo encontré abajo, entre la nieve, a unos dos metros de mi paciente enemigo. Entonces hice lo que habría hecho cualquier cobarde: oriné, regulé la presión para que la ambarina parábola cayera exactamente sobre el punto, el chorro se congeló en el aire y sobre el cuchillo, quebré el témpano con cuidado en su nacimiento, recobré témpano y cuchillo, bajé, apuñalé al oso, limpié la hoja en su pelambre y di gracias al Señor, a quien debo el placer de estar ahora con ustedes en esta cálida taberna.
El humor literario es una cosa que envejece mal. Las antiquísimas comedias de Aristófanes, o las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna, que apenas tienen medio siglo, resultan hoy asaz deprimentes. Escritas en el siglo XVIII por Gottfried August Bürger, Las aventuras del barón de Münchhausen (libro del que tomé estos dos cuadros) han logrado burlar el sino que pesa sobre el género, y conservan su gracia y frescura porque cumplen la norma central del embuste clásico: son lógicas e inverosímiles a la vez.