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¿Coraje en el arte?

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No hace mucho, el Museo de Arte Moderno de Nueva York inauguró una exposición del artista mexicano Gabriel Orozco. Varias obras llamaron la atención, entre ellas Caja de zapatos.

 ¿En qué consistía? Una caja vacía de zapatos, tirada en el suelo de la sala, que el público podía patear. Los curadores del museo aplaudieron esa pieza “original”, y celebraron el “coraje” del artista por hacer algo tan audaz. La exposición se llevó después a la Tate Modern de Londres, y ahí, de nuevo, los curadores elogiaron “el coraje de Orozco”, explicando, en varios escritos, por qué esa obra era “valiosa y valiente”.

Bostezo.

Nos hemos alejado mucho de lo que antes era una postura valiente en las artes plásticas. Durante siglos los creadores desafiaron a las autoridades oficiales y religiosas para defender una visión de la vida, ofrecer una propuesta estética o revolucionar el pensamiento y las ideas de su tiempo, y a menudo pagaron el precio en tormento, dinero o prestigio. La hoguera, el exilio y la ruina pendían sobre la cabeza del artista, y los más valientes desplazaron los límites de lo permitido, conquistando terrenos nuevos y enriqueciendo el arte y la sociedad. Al inicio del Impresionismo, sus artistas se tuvieron que atrincherar para resistir la feroz oposición de la crítica y mantenerse fieles a sus convicciones. El plan más divertido para el público de entonces era ir al Salón de los Rechazados para reírse de los cuadros de Manet. Sin embargo, a pesar de la mofa y la incomprensión, Manet no se dio por vencido. Igual Cézanne, Monet, Degas, Van Gogh y todos los que han pasado con éxito la implacable prueba del tiempo.

Lo mismo sucedió con el arte moderno. Artistas como Picasso, Matisse, Bonnard y Chagall fueron fustigados, ridiculizados, rechazados durante años, y se necesitó de mucha tenacidad, firmeza de convicciones, dientes apretados y coraje para no desviar el rumbo, ni sucumbir ante la crítica y la risotada, y perseverar en sus ideales. Sufrieron la penuria, el desdén y la burla, pero gracias a su valor e integridad revolucionaron la pintura, y sus obras decoran los museos más prestigiosos del mundo.

Hoy, el artista considerado valiente es alguien como Orozco, quien es admirado por hacer algo tan banal y efímero como tirar una caja de zapatos en el suelo. Pero quizás el mejor ejemplo de esta decadencia, y de la colosal estupidez que caracteriza el arte contemporáneo, acaba de suceder en Argentina.

El artista Enrique Jezik estaba molesto consigo mismo, porque al participar en el famoso Premio ArteBA-Petrobras, cayó en la cuenta, a última hora, de que no había adjuntado el archivo de su obra en el correo de la convocatoria, y por lo tanto no pudo someter una prueba de su trabajo. Para su sorpresa, Jezik ganó el premio. El jurado creyó que había sido una irreverencia deliberada, un acto de desafío, genial y original. “Nos pareció una transgresión, una acción valiente”, dijo un miembro del jurado. O sea, es tal la distorsión de criterios en el arte contemporáneo, en donde prima el escándalo sobre la substancia, que ya no importa la calidad, el trabajo, la destreza técnica o la propuesta estética. Importan el show, la sorpresa, la postura. Ni siquiera importa que el caso de Jezik haya sido un error: hoy, eso es ser “valiente”.

Bostezo.

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