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¿Esa final sólo la podían definir los penales?
Sí, porque en ese momento el Nacional-Olimpia era el gran clásico, los dos mejores equipos de Suramérica, ambos tenían con qué ser campeones y el resultado de la final así lo demostró.
¿Llegaron muy confiados a Bogotá por el 2-0 de la ida?
No, sabíamos que iba a ser más difícil a pesar de los dos goles de ventaja. La idea era no recibir un gol en los primeros minutos y así se dio, pero en el segundo tiempo los goles llegaron rápido y en jugadas raras, hasta con un gol en contra; ya en los penales era para cualquiera.
¿Qué fue lo que más admiró de ese Nacional?
Que aparte de contar con buenos jugadores, tenía un orden, éramos equipos prácticamente gemelos, con el mismo sistema, de achique, presión, que manejaban la pelota con prolijidad y con alto potencial ofensivo que les daba mucho trabajo a los arqueros. Era difícil encontrarles un error y por eso las individualidades resolvían los partidos.
¿Habló con Higuita antes de los penales?
No cruzamos palabra, recuerdo que él había trabajado con Luis Cubilla y el ‘Maño’ Ruiz me había dicho: ‘dale saludos de mi parte’, apenas si se los di y nada más porque estábamos muy metidos en el partido y más en esa definición.
Esa serie casi no termina…
Para nosotros los arqueros, en los penales los tres palos parecen el arco iris y tanto a Higuita como a mí no nos gustaba llegar a esa instancia, porque como teníamos el cartel de atajadores, la gente te obligaba a tapar dos o tres de cinco y no era fácil, así que el que iba a patear, intentaba asegurarla y eso nos daba alguna ventaja.