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Lo de menos era la perfección de las grabaciones. Lo de más era que aquellas canciones circularan, que se multiplicaran, que llegaran con sus letras de “protesta” hasta al último rincón de la última casa de la última ciudad.
Las cintas se destemplaban, se rompían, se enredaban; los discos se dilataban. Las canciones a veces sonaban como salidas de una caja de cartón, pero todo eso era lo de menos, porque lo de más eran los puñales en las letras: “Míralos como reptiles al acecho de la presa” (Luis Eduardo Aute); las ironías: “La era está pariendo un corazón, no puede más, se muere de dolor” (Silvio Rodríguez); las denuncias: “A dónde van los desaparecidos” (Rubén Blades); el amor real, el de todos los días: “El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, el amor no lo reflejo como ayer” (Pablo Milanés).
Lo de más era hurgar. Escupirles en la cara a los represores, convencer al pueblo de su fuerza, invitar a los disidentes y a los rebeldes a la lucha, a cualquier forma de lucha. Lo de más era abrir puertas, entrar por las ventanas, dejarles a los apáticos una estrofa por lo menos: “Sólo le pido a Dios, que el dolor no me sea indiferente, que la reseca muerte no me encuentre, vacío y solo sin haber hecho lo suficiente” (León Gieco). En tiempos de represión, de libertades anuladas, aquellas eran canciones necesarias. Surgían del inconformismo, de la indignación. La mordaza, los atropellos, el autoritarismo y las censuras las motivaban. Eran, fueron, una rebelión subterránea que despertó y marcó a cientos de miles. Sus autores fueron perseguidos, encarcelados y alguno, Víctor Jara, asesinado.
Todos tuvieron una razón para pelear, para querer subvertir el orden que les imponían. Luego, con los años, se diluyeron. Ya no supieron contra quiénes escribir, contra quiénes cantar, o los convencieron de que una canción no pararía una guerra. “Hoy canto solamente por cantar, sin un motivo de preocupación” (Nydia Caro). Desaparecido el enemigo, apagado el contrincante, les dijeron. Sin embargo, ni el enemigo se había ido ni el contrincante se había extinguido. El enemigo se mimetizó. Dejó de ser dictadura para transformarse en democracia, con similares abusos, ahora amparados por la ley. Y los cantores no se apagaron. Unos se murieron, o los mataron. Otros se decepcionaron. A la mayoría se los tragó el sistema con sus dólares, pero los eternamente rebeldes, aquellos genuinos cantores, siguen cantando, como 30 y 40 años atrás.