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“Cuando se tapa la taza del baño, ¿qué es lo que hacemos? Llamar al plomero para destaparla. Si el plomero, con sus diferentes instrumentos no puede resolver el problema, nos pide cinco bolivianos. ¿Para qué? Para comprar Coca-Cola y echarla a la taza del baño. Pasan minutos y ya está destapada. Imagínense qué químicos tendrá la Coca-Cola”. En 2010 y de manera pública, el presidente de Bolivia, Evo Morales, pronunciaba estas palabras, usaba el ejemplo gráfico de la taza del baño y remataba su idea invitando a los bolivianos a beber “chicha de maíz”.
Era un episodio más en la historia de animadversión entre Evo Morales y la gigantesca fabricante de bebidas estadounidense, por demás un símbolo del capitalismo despiadado a ojos del mandatario. Han sido varias las oportunidades en las que se refiere a la Coca-Cola de manera negativa, por eso las declaraciones que esta semana pronunció el canciller de Bolivia, David Choquehuanca, parecían indicar el camino a seguir por el gobierno de Morales para dar fin al problema: determinar al próximo 21 de diciembre como el día del fin de la venta de esta gaseosa en el país, que además “estará en sintonía con el fin del calendario maya y será parte de los festejos para celebrar el fin del capitalismo y el comienzo de la cultura de la vida”.
Choquehuanca vaticinó el nuevo imperio del mocochinche (bebida a base de durazno producida en Bolivia), pero su versión de la batalla contra el capitalismo no fue avalada por el Gobierno, que aclaró que el ministro hablaba a título personal y que esa no era una decisión oficial.
Los antecedentes hacían que una decisión de esta clase fuera posible. Evo Morales no solamente había criticado a la Coca-Cola, incluso compitió sin éxito contra ella: en 2010 lanzó al mercado la Coca-Colla, una gaseosa con la que pretendía recuperar el terreno que hasta entonces la bebida estadounidense había colonizado.
La apuesta era doble porque buscaba incrementar los ingresos de la industria nacional y además resaltar la bolivianidad con una bebida que tenía a la tradicional hoja de coca entre sus ingredientes y encarnaba el espíritu colla, otra forma de llamar al pueblo aymara.
La Coca-Colla no tuvo un gran impacto y los bolivianos siguieron sucumbiendo a la exitosa oscuridad de la Coca-Cola. Con la batalla perdida, en enero de 2011 Evo Morales envió a Óscar Cámara, director ejecutivo de la Autoridad de Fiscalización y Control Social de Empresas (AFCSE) a realizar una auditoría “rigurosa y con lupa” a las finanzas de Embotelladora Boliviana S.A., distribuidora autorizada de Coca-Cola en Bolivia. El argumento para esta medida estuvo basado en el incremento del precio de la gaseosa en 50 centavos, resultado de un alza en el precio del azúcar promovida por el Gobierno.
Si se hubiera encontrado alguna irregularidad en sus estados financieros, quizá Morales habría cancelado la matrícula comercial de la empresa, como amenazó hacer en su momento, algo que no ocurrió. Sin embargo, la indignación del presidente con Coca-Cola va más allá de su consumo masivo. Para él, se trata de una cuestión de doble moral de los Estados Unidos, que por un lado promueven la prohibición del cultivo de hoja de coca en su país, so pretexto de su lucha contra el narcotráfico, y por otro, permite a The Coca-Cola Company emplear la misma hoja en su bebida reina porque produce cantidades colosales de dinero.
Los voceros de la empresa han aclarado en repetidas oportunidades que su bebida no contiene hoja de coca, pero su versión carece de credibilidad para Morales, quien preside un país de tradición indígena al que Naciones Unidas sólo le permite tener 20.000 hectáreas de cultivos de esa planta. El Gobierno se pregunta, entonces, ¿para qué se emplean las más de 200 toneladas de hoja que Estados Unidos importa anualmente desde Perú y Bolivia?
Coca-Cola continuará entonces su producción en Bolivia, sin ningún tipo de ultimátum oficial por estos días. El próximo 21 de diciembre sólo representa por ahora la salida de McDonald’s del país suramericano. El día del fin del calendario maya fue escogido por la transnacional de comidas rápidas para abandonar el mercado tras 14 años de pérdidas en un país férreamente arraigado a sus tradiciones gastronómicas.