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Héroes anónimos

Daniel Pacheco
05 de agosto de 2013 – 06:00 p. m.

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«En la mayoría de los casos, se evidencia que los crímenes se presentan en las primeras horas de la mañana o en altas horas de la noche, cuando los líderes salen hacia sus trabajos o regresan a sus hogares».

Según el informe del Programa Somos Defensores, titulado Héroes anónimos, 37 defensores de derechos humanos fueron asesinados en el primer semestre del 2013 en Colombia. Si esta tendencia se mantiene, este año podría convertirse en el más violento para este tipo de líderes en más de una década.

“La mayoría de los crímenes tienen como hecho inicial la desaparición del líder y su posterior asesinato; los cuerpos en casi todos los casos, tenían señas de tortura”.

Defensor de derechos humanos es un apelativo raro. Las víctimas eran distintas, vivían en áreas urbanas y rurales, y trabajaban para causas nuevas y ancestrales. Julián Andrés Taborda, de 16 años, también era conocido como Crispi cuando se vestía de mimo y trabajaba con jóvenes en Altavista, al occidente de Medellín. Luz Johana López, una líder transgénero de la comunidad de trabajadoras sexuales de Manizales que hacía capacitaciones sobre maltrato y derechos humanos. Belamiro Chocue, un guardia indígena del Cauca que al terminar su jornada de trabajo en una cosecha de café fue obligado a abordar una moto, y apareció muerto días después con señas de tortura tan despiadada que hicieron difícil reconocer su cuerpo.

“Los cuerpos son hallados horas o días después en zonas cercanas a la desaparición. Esto evidencia, a nuestro juicio, un seguimiento previo al líder y la planeación de su asesinato”.

En el 70% de los casos, los líderes fueron asesinados por desconocidos. Apenas el 32% había reportado amenazas. Y sólo uno estaba bajo amparo de la Unidad Nacional de Protección, que por lo demás, protege a otros 7.500 amenazados. Es difícil, entonces, seguir reclamando protección para quienes no la habían solicitado, ni tenían porqué hacerlo. Y sería sólo reiterativo señalar que la impunidad en estos crímenes (el hecho de que los penetradores sean desconocidos sólo resalta la falta de cualquier investigación criminal) es la mejor forma de no hacer nada para que sigan ocurriendo.

¿Qué decir entonces? ¿Cómo aportar algo nuevo sobre esta constante costumbre colombiana de cortar de tajo los liderazgos que incomodan a poderes establecidos? Busco palabras capaces de sacudirle los hombros a una opinión aburrida de más víctimas, sospechosa del apelativo “defensor de derechos humanos”, y resignada a buscar indignación por otros lados (Menú de la semana: borrachos al volante). Entre tanto este intento por hacer menos anónimos a esos héroes, “que no usan armas, la mayoría no recibe sueldo y sin importar su edad, entregan su vida por defender sus derechos y los de su comunidad”.

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