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Uno no debería meterse a opinar sobre lo que sucede en otras partes, pero la globalización y las tecnologías de la información han hecho que lo que sucede en países que apreciamos entrañablemente, como España, lo sintamos casi como nuestros propios problemas.

España atraviesa una crisis profunda que se manifiesta en muchas dimensiones: una recesión económica que ha producido un nivel de desempleo de un 25% y, entre los jóvenes, de más de un 50%; escándalos por corrupción realmente vergonzosos y alarmantes que envuelven a los dos principales partidos; movimientos separatistas del País Vasco y Cataluña que amenazan la unidad y el consenso que se creó después de la muerte de Franco; una politización de la justicia, con un presidente del Tribunal Constitucional que ocultó que había sido miembro y consultor del actual partido de gobierno; una crisis de legitimidad de la monarquía, con un rey acosado por noticias de varias relaciones extramatrimoniales y un yerno a quien se acusa de enriquecimiento ilícito semejante al que se veía en las familias de las viejas autocracias africanas o latinoamericanas.

Lo poco que parece ir bien en España es el fútbol, con una selección nacional que tiene un juego alucinante de técnica y gracia que rompió la mediocridad a la que había caído el juego efectista de velocidad y músculo del norte de Europa. En medio de esta crisis, uno de los hechos más sorprendentes de la política española es el desplome en las encuestas de opinión del principal partido de la oposición, el PSOE. Porque, en semejante escenario, habría que esperar que el principal partido de la oposición lleve una ventaja de unos 10 puntos porcentuales al partido de gobierno. Pero no. Al tiempo que se hunde el Partido Popular, más se hunde el PSOE en las encuestas. No ha subido, ni siquiera después de que se probó que el presidente de gobierno envió un mensaje SMS para darle ánimos al extesorero de su partido, Jesús Bárcenas, cuando ya Rajoy y todo el país sabían que el extesorero había cometido actos delincuenciales. Es evidente, que la opinión pública está castigando a la clase política en su conjunto, a los dirigentes que han tenido responsabilidades de gobierno, quizá, desde hace dos décadas. Sin duda, en esas peticiones generalizadas de cuentas, se cometen injusticias con personas que, cuando tuvieron responsabilidades de gobierno, hicieron su trabajo con honestidad y responsabilidad. Pero, como trilladamente se dice: “esta no es una época de cambio, sino un cambio de época”. Y, en un cambio de época, hay que cambiar también de personas. La recuperación del PSOE no comenzará hasta que se dé un proceso de renovación de toda su cúpula dirigente, comenzando por Pérez Rubalcaba. Con razón, la opinión pública ve en él a un hombre de la maquinaria, acostumbrado a las mañas y vicios de los políticos de una generación que condujo a España a su actual crisis. Por el bien de su partido y por el bien de España, Rubalcaba y su equipo deben irse cuanto antes y abrirle paso a una nueva generación de políticos e intelectuales acordes con el cambio de época. Y esperemos que, para las próximas elecciones, también veamos en Colombia nuevas personas, con nuevas ideas y nuevos talantes encabezando las listas para el congreso de los partidos y movimientos.

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