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No deja de ser monumental su resistencia. Una isla minúscula, aislada de las coyunturas universales y de los intereses de la misma plataforma continental.
Abandonada por la todopoderosa y muerta Unión Soviética del comunismo fracasado y resistente a un bloqueo económico de décadas impuesto por su némesis; esa potencia férrea y mezquina del norte a quien plantó su identidad insobornable y soportó sus atentados milimétricos. La isla del orgullo que aplastó la cerrazón corrupta de Batista con la tropas de la primera revolución americana de la izquierda, que bajo el mando de Castro y del Che, y ante el asombro del mundo y sus escépticos, se aventuraron a los vientos de la nueva historia en el asalto del cuartel de Moncada que ya vaticinaba la leyenda.
Se cumplen 60 años de ese estruendo. Y ya desde el poder, lo que a primera apariencia se veía como el cenit de la gloria, empezaría la descomposición del idealismo y empezaba ya a caer en lo que suelen caer los proyectos pretenciosos; la paranoia. El comando central de la revolución empezaba a ser violentamente cuestionado por uno de los suyos, Huber Matos denunciaba que las bases del nuevo proyecto político estaban siendo traicionadas por las nuevas y ascendentes directrices de una tiranía. Matos fue procesado por el mismo motivo; traición, y condenado a un fusilamiento que terminó indultado a cambio de 20 años de presidio.
La paranoia se incubaba en el mando cada vez que sus antiguos partidarios se alejaban con recelo y terror de la arbitrariedad que aceleraba su motor de represión en los tentáculos de sus políticas. Estaban bajo el brazo y el auspicio de la URSS y bajo todo el poder de un paradigma; un comunismo que aspiraba siempre a la equidad total (extraño delirio) con la amenaza del fusilamiento a toda oposición o disidencia. Los hombres, entonces, perdían el estatus natural de su contradicción y eran anclados al control del ideal artificial que aspiraba a un paraíso uniforme.
Décadas después, sin el soporte soviético, que en la saturación de su propia esquizofrenia se estalló con su historial de muertos y gulags, Cuba subsiste aun, huérfana y díscola, en su pretensión de sostener un sistema represivo y arruinado bajo las mismas órdenes de la soberbia. Es admirable, por supuesto, la calidad de su sistema de salud (sistema fraudulento de ciertas democracias) y su nivel pedagógico. Pero todo se reduce a una ironía fatal cuando la educación resulta ser la parcialización de los criterios impuestos, la visión sesgada y fundamentalista de la realidad, y la heredada información del interés policiaco.
Con el sostenimiento del petróleo venezolano y con el miedo de perderse para siempre del mundo y de la historia, ahora intenta el mando central dar muestras nimias de piedad permitiendo que sus disidentes máximos salgan a contarle al mundo sus denuncias en una astuta estrategia publicitaria propia del siglo, mientras se muere Angel Santiesteban y otro centenar en la humedad de las prisiones revolucionarias por las maldiciones de su opiniones.
El socialismo cubano no fue más que la radicalización inversa y brutal del salvaje capitalismo de Batista. Un anacronismo subsistente aun sobre generaciones adaptadas, anacronismo que llegó al extremo con las palabras del comandante Raúl en el discurso del aniversario. Dice, histriónico y seguro, que revolución es de los jóvenes. ¿Los jóvenes nacidos bajo la subjetividad ególatra del dogmatismo? Sí, responde un aplauso convencido en la plaza de la Habana.
PD: son más decepcionantes aún las democracias solapadas que en la candidez de su nombre adecuaron desde siempre los métodos sutiles del ilusionismo.