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Es desalentador ver lo mucho que aún nos falta por alcanzar niveles básicos de decencia, civismo y convivencia.
Además de las masacres de Darfur y Siria, la mutilación genital que se sigue practicando en tantos países, la crisis política que sacude el mundo árabe y la inconformidad generalizada en todo el mundo, con los pueblos que están hasta las narices con la corrupción, la incompetencia de sus líderes, el despilfarro, más la falta de justicia social y de equidad económica, y una juventud sin empleo ni esperanzas, ahora llega el escalofriante informe del Centro de Memoria Histórica de Colombia, que nos obliga a escrutar, de frente, nuestra terrible y brutal realidad nacional.
En este conflicto armado que lleva más de 54 años de duración, tenemos hasta ahora un saldo atroz de 220.000 muertos, la gran mayoría civiles. 27.030 secuestros, con más del 90 por ciento en manos de las guerrillas. Casi seis millones de personas desplazadas por la violencia, obligadas a dejar su hogar y sus escasas pertenencias en busca de un rincón para seguir respirando. 1.982 masacres ocurridas entre 1985 y 2012, dejando una sangrienta estela de casi 12.000 muertos. En suma, este informe nos lleva a confrontar la bestia, el demonio que parece habitar, agazapado y oculto, en los sótanos más oscuros de la condición humana, aquél que, al verse libre de Estado, leyes y razón, espoleado por el odio, el miedo, la codicia, el fanatismo o el racismo, puede desatar el holocausto.
En efecto, lo que realmente aterra es comprobar la fragilidad del tejido social. Es decir, cómo, ante el desastre, el fuego, la guerra o la invasión, todos los avances y las conquistas de la civilización, los que han costado tanto y se han pulido, refinado y sofisticado con el paso de los siglos, a menudo se esfuman en cuestión de segundos. Y de pronto estamos de nuevo actuando con la misma ley de las cavernas, y nuestra conducta ha retrocedido a lo primitivo.
Desapariciones forzosas. Asesinatos selectivos. Violencia sexual. Minas personales. Atentados terroristas. Escuelas de paramilitares, creadas para entrenar a sus asesinos y matar y sepultar los cadáveres con rapidez y eficacia; un entrenamiento practicado con personas vivas, sacadas a la fuerza de sus casas, cortadas en pedazos con machete, ya que las motosierras se enredaban en las ropas y eso complicaba el ejercicio de la matanza.
Lo peor es pensar que todas estas tragedias, fruto del conflicto armado, son apenas una fracción de la totalidad de las muertes violentas ocurridas en el país. Colombia ha tenido años en que hemos padecido 80 o 90 muertes violentas al día, y sólo una parte obedece al conflicto armado.
No hay duda: la culpa de estos crímenes atroces la tienen los asesinos y los violentos, tanto los que viven al margen de la ley como los agentes del Estado. Pero la responsabilidad de que esas atrocidades hayan ocurrido recae sobre todos nosotros, quienes por acción u omisión, por nuestras injurias o nuestro silencio, por nuestro actuar o nuestra indiferencia, las hemos permitido. Si algo sugiere este espeluznante informe, es que cada colombiano tiene las manos untadas de sangre, pues si semejante tragedia requiere de todos, en grados diversos, para que ocurra, entonces la responsabilidad final también es compartida.