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Hacia el final de mi última columna, redactada de un tirón entre la resignación y la melancolía, escribí: “La verdad es la verdad, decía el viejo Unamuno, dígala Agamenón o su porquero”.
Y, aunque siempre he pensado que el mundo iría mejor si los ciudadanos entendiéramos estas palabras, también sería de desear que quienes las citamos lo hiciéramos correctamente. Porque esa frase, que tantas veces me ha servido para tantas cosas, no es de Unamuno, sino de Antonio Machado. Para ser precisos: aparece en esa pequeña maravilla que es Juan de Mairena, una recopilación azarosa que hizo Machado de las ideas y las reflexiones de su álter ego más filosófico. Es un volumen por el que he pasado muchas veces, siempre con placer, y nunca entenderé estas distorsiones vergonzosas de la memoria, estas malas pasadas que mezclan en la cabeza a Machado con Unamuno, o que ubican en Crimen y castigo una escena de Los demonios, o que juran, como jura un amigo mío, haber leído en Don Quijote aquello de “ladran, Sancho, luego cabalgamos”. Ay, la memoria lectora: qué traicionera es, cómo nos castiga a veces.
Pues bien: a manera de contrición privada (o tal vez de desagravio hacia Machado, que tantas horas de felicidad me ha permitido), estuve una tarde paseándome por su Juan de Mairena. Y volví a entender dos cosas: primero, que Machado fue uno de los hombres más lúcidos que ha producido España, este país que quiero y que ahora mismo parece haber perdido la lucidez; segundo, que la historia de España es circular. Dice Juan de Mairena (o Antonio Machado): “En España —no lo olvidemos— la acción política de tendencia progresista suele ser débil porque carece de originalidad; es puro mimetismo que no pasa de simple excitante de la reacción. Se diría que sólo el resorte reaccionario funciona en nuestra máquina social con alguna precisión y energía. Los políticos que deben gobernar hacia el porvenir deben tener en cuenta la reacción a fondo que sigue en España a todo avance de superficie. Nuestros políticos llamados de izquierda —digámoslo de pasada— rara vez calculan, cuando disparan sus fusiles de retórica futurista, el retroceso de las culatas, que suele ser, aunque parezca extraño, más violento que el tiro”.
Eso que Machado (o Juan de Mairena) vio en la década de los 30, poco antes de la guerra civil, es lo que pasa ahora en España: un retroceso violento a lo más casposo y retrógrado, una guerra sin cuartel contra las conquistas de las últimas décadas. En medio de la crisis brutal que atraviesa la economía española, el gobierno de Mariano Rajoy ha aprovechado para intentar un regreso a lo más rancio del pasado: no sólo echando por tierra todo lo que convertía a España en una socialdemocracia (la sanidad y la educación públicas), sino vetando los tratamientos de reproducción asistida a mujeres solteras y parejas lesbianas, atacando por boca del ministro Gallardón —el mayor misógino de la política europea— la ley del aborto o reformando la ley de educación para que la asignatura de religión cuente académicamente como cualquier otra: para conseguir una beca, en la España del Partido Popular vale tanto conocer el credo niceno como la teoría de la relatividad.
Y Machado lo vio bien, lo vio antes. Pobre Machado. Pobre España.