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Santos por fuera y por dentro

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Ya he escuchado a varios diplomáticos decir que Juan Manuel Santos es un estratega excepcional. Llegó a la Presidencia metido entre un caballo de Troya uribista porque era la única forma en que él, un aspirante sin carisma, que nunca había superado el margen de error en las encuestas, podía ganar.

Urdió su plan con paciencia: vivió en el exterior, fue ministro de casi todo, sostuvo su Fundación para el Buen Gobierno y hasta hizo ejercicios para imaginar la paz.

Por eso, una vez en el poder, saltó a la arena como un liberal de centroizquierda, defendiendo los parques naturales contra la desbocada ambición minera; la reparación de todas las víctimas, aún las del Estado; el derecho a la tierra de los campesinos, y la urgencia de construir equidad. Pronto hizo las paces con Ecuador y Venezuela y convirtió a esta última en aliada para hacer viable la negociación de paz con las Farc.

Para dar el timonazo pasó leyes, refaccionó instituciones y políticas, creó unidades y departamentos. Con ello le devolvió al gobierno colombiano la credibilidad internacional que andaba ya agrietada por las rabietas autoritarias de Uribe, la corrupción de varios de sus colaboradores y el espionaje a la oposición y a los magistrados. Y así los TLC comenzaron a destrabarse, la cooperación internacional fluyó. ¡Qué diferencia! Un presidente civilizado con el que se puede discutir sin que vocifere armado de una silla cual domador de leones.

Así, vistos desde afuera, los tres años de Santos han traído una mejoría en la calidad del liderazgo (más institucional y moderno), en la calidad de la ciudadanía (que protesta con mayor libertad y menos miedo) y en los objetivos (crecimiento incluyente).

No obstante, al mirarle las costuras al gobierno Santos, sus estrategias resuenan vacías. El líder parece más molesto cuando le tocan sus amigos que cuando su gestión no consigue resolver los problemas; la protesta social arrecia porque el Gobierno no tiene soluciones que sirvan a los pequeños, sean mineros, industriales o campesinos, y las señales de cuáles son los objetivos son confusas.

Habla de igualdad social, pero se empecina en sostener a una ministra de Educación que cree que sigue en la Cámara de Comercio, defendiendo los intereses de los comerciantes. Pregona la institucionalidad, pero reparte 100.000 casas gratis a título personal —íntimo, indicaría la famosa foto en paños menores— mientras las instituciones no consiguen detener el crecimiento del déficit de viviendas que pasa de los dos millones. Y amplía los subsidios directos hasta alcanzar a 2,7 millones de familias y más de 100.000 jóvenes. No les servirán para salir de pobres (nadie puede financiarse la educación superior con $200.000 mensuales), pero sí para cultivarlos como fieles votantes.

Se presenta como adalid mundial de la reforma a la represiva y fallida política antidrogas, pero ordena acabar las “ollas” urbanas a garrote, un dictamen tan torpe como inútil. Motiva a los campesinos para que reclamen la tierra usurpada, pero hace maromas legislativas para legalizar la dudosa compra de tierras de los empresarios más ricos, así algunos hayan avasallado los derechos de los campesinos que abrieron esa frontera. No es una prosperidad democrática de veras, como la que cimentaron Australia o Estados Unidos cuando conquistaron sus fronteras repartiendo tierra entre colonos pobres, sino una prosperidad para los más pudientes.

Como Santos entiende mejor el mundo, sabe ajustar sus discursos a lo que quieren oír afuera, pero en la cocina de sus anunciados propósitos se adivina que este líder tiene la misma receta de su antecesor, sólo que la sirve con mejores modales.

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