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Nacido en Santa Marta, en 1930, Zadoc Guardiola comenzó a aparecer en las primeras planas de los periódicos en diciembre de 1952, durante el Campeonato Nacional celebrado en Bogotá, cuando ganó —caminando— los 400 metros planos (50.4 segundos). Su prodigiosa morfología (medía 1,92 metros) incorporó a su ser una zancada demoledora que le permitía avanzar —si así lo deseaba— más rápido que sus rivales.
Este pescador confiaba tanto en su talento, que después de sumergirse en hectolitros de aguardiente y ron, amanecido y con tufo inconfundible se presentaba a la línea de partida para correr, poner en aprietos a sus contendores y transmitir ráfagas de emoción a la tribuna. Fue una especie de ‘atleta maldito’ que incorporó a su talento la esencia de su mal, el desorden de sus sentidos. Como los poetas malditos, fue un transgresor y provocador que sucumbió a un amado vicio que no lo dejó salir de un profundo sopor que con el paso del tiempo lo ahogó hasta la muerte.
Guardiola fue el Garrincha de las pistas, un genio bohemio que no tuvo la lucidez del saltador ruso Iván Ukhov, quien en septiembre de 2008 compitió borracho en el mitin de Lausana, con la amenaza de batir el récord mundial del cubano Javier Sotomayor (2,43 metros), pero fue el hazmerrír cuando al intentar superar el listón en 2,38 pasó la barra por debajo. El video con su imagen es un clásico en Youtube. El hombre se reivindicó: en marzo de 2009 se proclamó campeón de Europa bajo techo en Turín. Después ganó el Mundial bajo techo en Doha 2010 y el Europeo en sala en París 2011. Su consagración llegó al colgarse la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Guardiola no llegó tan alto, pero sus gestas ¬que provocaron titulares memorables en los diarios¬ evitan que su recuerdo perezca en la memoria de los hombres.
Un superdotado de la época, el samario lo tuvo todo para ser medallista olímpico —si así lo hubiera deseado—, pero no hizo suya la consigna de ser el mejor del mundo y se conformó con deslumbrar en las pistas de Suramérica. “Alguna vez corrió 600 metros en 1.18 minutos y el entrenador sueco Rolf Svamberg (que a finales de los años 40 había llegado a Colombia) le dijo que si corría los 800 él se comprometía a hacerlo campeón olímpico”, recuerda José Briceño, atleta de la época y eterno periodista deportivo.
Su primer triunfo resonante lo consiguió en 1955, cuando derrotó al hasta ese entonces imbatible Jaime Aparicio, en los 400 metros planos, con tiempo de 48.7 segundos (nuevo registro para Colombia). Ese fue su primer campanazo de alerta cuyo eco se escuchó en todos los rincones de la patria y traspasó fronteras hasta llegar al Suramericano de Santiago (Chile) 1956, donde ¬enguabayado¬ se coronó campeón de la posta larga, junto a Aparicio, Carlos Sierra y Antonio Vanegas. Un cuarteto que señaló nueva marca regional con 3 minutos, 14 segundos y 6 décimas. La buena actuación nacional se redondeó con el bicampeonato individual de Aparicio: ganó en 400 metros planos (47,7) y 400 vallas (52,0), escoltado siempre por Guardiola, con tiempos de 48.2 y 53.1 segundos, respectivamente.
En ese Suramericano Guardiola llegaba a las cinco de la mañana a acostarse. Humberto Chica, presidente en ese entonces de la Asociación Colombiana de Atletismo, lo recriminó por su irresponsabilidad, pues a las pocas horas tenía la final de la posta 4 x 400. El ‘atleta maldito’ le ripostó: “Coma mierda viejo hp, que el que va a meter el culo aquí soy yo, no usted”, evoca Briceño. Ese escándalo le costó a Guardiola una sanción de por vida que lo obligó a jubilarse de las pistas. No hubo una segunda oportunidad.
A su retiro, Guardiola “comenzó a aparecer a las horas más insólitas en los bares de Santa Marta, donde nació y de donde nunca —según se cuenta que decía, entre nubes de humo y nadando en ron— debió haber salido”, relata Guillermo Alberto Arévalo, en Cuadernos de literatura del Caribe e Hispanoamérica N° 15, publicado en enero de 2012 por la Universidad del Atlántico.
Este hombre fue incapaz de ejercer oficio alguno por tiempo razonable. Uno de los pocos empleos que tuvo lo desempeñó en Cali al final de la década del 50. Recomendado por Aparicio, entonces secretario municipal de Obras Públicas y su más grande rival en las pistas, trabajó como inspector de parques hasta que se aburrió y desapareció.
El entrenador chileno Sebastián Pocoví ¬geólogo de profesión que se dedicó a dirigir corredores¬, seducido por las innatas cualidades de Guardiola, también quiso rescatarlo y lo alojó en su propia casa, en Medellín. Y aunque le aguantó borracheras y llegadas a altas horas de la madrugada, todo se derrumbó cuando el samario se desnudó en presencia de la esposa del hombre que le había tendido la mano.
Hasta el dirigente cívico y deportivo Alberto Galindo Herrera le colaboró al conseguirle una pequeña alcoba en el estadio Pascual Guerrero de Cali. El nuevo hábitat del samario lo complementaba una cama, un armario y una mesa de noche que el mismo Galindo le obsequió. Pasaron los días y Guardiola, llevado por su alcoholismo, vendió los enseres para tener dinero con qué saciar su vicio. El dirigente le reclamó por su actitud y la respuesta del samario fue una amenaza con cuchillo en mano.
Pero Guardiola tuvo tiempo de expresar sentimientos de gratitud. En 1976 su amigo y rival deportivo, Jaime Aparicio, fue atropellado por un camión que le ocasionó lesiones de consideración, sin secuelas posteriores, en la columna vertebral y el hígado. Cuando Guardiola se enteró del siniestro llamó a la casa del arquitecto para lamentar el hecho: “Yo soy Guardiola, amigo del deporte, y quiero que usted se mejore. No sigo hablando porque no tengo más dinero”. Fue todo lo que dijo, pero ese detalle deja ver la dimensión de un hombre noble que se autodestruyó, un genio bohemio que no olvidaba a sus amigos. Guardiola falleció el 16 de julio de 1980, en medio de una pobreza extrema que lo acompañó desde su niñez.
* Autor del libro “Historia del atletismo colombiano”.