Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Alberto Donadio es un buen periodista investigativo y sus artículos merecen y reciben toda la atención de los lectores de El Espectador. Me llamó en diciembre a preguntarme por un “contrato firmado” por la firma KPI de Israel para entrenar (reitero: entrenar) al personal de seguridad del entonces presidente de la República, Virgilio Barco. En el memorando remisorio yo figuraba como abogado de la contratada firma KPI. Le pedí a Alberto que me enviara una copia del supuesto borrador del contrato, lo cual hizo inmediatamente acompañado de una carta remisoria suscrita por la recién renunciada secretaria jurídica de la actual presidencia, Clara María González.
En el curso de la conversación sobre el supuesto contrato con Israel surgió el tema de quién sería la persona encargada de cumplir las obligaciones allí descritas, e inmediatamente sumamos dos más dos: pues Rafi Eitan, amigo del presidente Barco y muy conocedor de los temas antiterroristas. Su reputación me libera de hacer cualquier comentario que valide lo dicho. Su honestidad y pulcritud no admiten comparación con cualquier criminal.
Le prometí a Alberto que buscaría antecedentes; primera sorpresa, en mi oficina no encontré nada, en Presidencia no había rastro de la negociación diferente al borrador que ya teníamos y una remisoria de un abogado al secretario jurídico, el Ministerio de Defensa me dio una respuesta similar y, en subsiguiente artículo, El Espectador cita al presidente de Ecopetrol quien niega participación de su empresa en el supuesto contrato.
A los pocos días salió un segundo artículo en el que Donadio decía con total desfachatez que el presidente Barco había ordenado a los militares acabar con los miembros de la UP a sangre y fuego. Aunque el tema se tocó tangencialmente en nuestra conversación, mi respuesta fue categórica: que el alto mando militar no se habría prestado, ni se presta para tal conducta. Ni el ministro de Defensa del momento, general Samudio (86-88), ni sus sucesores Guerrero Paz (88-89) y Óscar Botero (89-91) lo permitirían. Militares y policías de alto rango que en aquella época trabajaron con ellos me negaron cualquier posibilidad de que eso existiera.
Ya con cierta rabia inspirada en mi tradición militar y espíritu investigativo, comencé a buscar el tal contrato, a preguntar a mis amigos vivos, entonces funcionarios de Presidencia —me permito citar a Fernando Sánchez Collins—, sobre el entrenamiento de personal a cargo de israelitas. La respuesta fue un no rotundo. Siempre se habló de la amistad que unía al presidente con Rafi Eitan, la preocupación de este por la seguridad de Barco, sugiriendo el no empleo del helipuerto de la Casa de Nariño, limitar el uso del avión presidencial reemplazándolo por el uso ocasional de aviones comerciales sin pasajeros, entre otras recomendaciones. Mis preguntas sobre entrenamiento al personal de seguridad de Presidencia por parte de personal israelí tuvieron respuestas totalmente negativas.
Los muy oportunos escritos de Álvaro Tirado y otros políticos e intelectuales que rodearon la memoria de Barco nos muestran una imagen totalmente ajena a esos pensamientos. ¿Quiénes fueron los más cercanos asesores políticos del presidente? Carlos Ossa Escobar, Rafael Pardo e inclusive el muy joven Sergio Jaramillo Caro, entre otros. Mucho se ha hablado de las políticas de paz de Barco, inclusive ante la ola terrorista de los narcos, pero me aparto de ese tema, para regresar a lo mío.
Por esa época ejercía como edecán del Ejército el capitán (luego coronel) Eduardo Murillo Salazar, con funciones de jefe de seguridad del presidente. Pregunté al coronel y él me autorizó para citarlo: que efectivamente Rafi Eitan estuvo muchas veces en Colombia por ser viejo amigo de Barco, pero que jamás él como eventual receptor de esos servicios se enteró de negociación alguna para que su personal recibiera entrenamiento de funcionarios de Israel. Me recordó que fue personal del gobierno de los Estados Unidos quien entrenó a la seguridad de Presidencia, en lo que yo participé.
Todos sabemos que lo accesorio sigue a lo principal. Si no hubo contrato de entrenamiento del personal de escoltas de Presidencia, mucho menos hubo un segundo contrato con un objetivo torvo de asesinar personas que estaban en proceso de hacer un acuerdo de paz con el Gobierno. Aquí Alberto Donadio se equivocó de extremo a extremo. ¡Vale la pena investigar, mi querido Alberto!
Ernesto Villamizar Cajiao.
Envíe sus cartas a lector@elespectador.com