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La manipulación rigurosa del DANE sobre el desempleo

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Uno de los temas más desafiantes que tuve que enfrentar cuando empecé a desempeñarme como senadora en la Comisión Séptima fue lo referente a la legislación laboral y la política pública de empleo. Para mí era especialmente retador porque toca los intereses más sentidos de la clase trabajadora y al mismo tiempo implica un importante nivel de conocimiento técnico. Con mi equipo de asesores y asesoras nos metimos de cabeza en el tema, con el propósito de desenredarlo y ponerlo al alcance del pueblo colombiano, que está exactamente en el mismo nivel que requiero yo.

Cuando investigamos sobre la forma como el Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (DANE) mide el mercado laboral, descubrimos que existen tres categorías para clasificar a las personas en edad de trabajar: los que tienen trabajo (ocupados), los que buscan trabajo (desocupados) y los que no quieren trabajar (inactivos). Ya que el DANE prefirió utilizar el concepto de “población actualmente inactiva” y no el de “población habitualmente inactiva”, acá en Colombia se consideran como inactivas las persona que no están buscando oportunidades laborales en la semana de referencia, es decir, durante la semana de la encuesta, sin importar si estuvieron buscando trabajo en las tres semanas anteriores. Eso significa, por ejemplo, que si un desempleado se cansa de pasar hojas de vida en la semana que lo encuestan, no se considera como desocupado sino como inactivo.

No ponemos en duda la pertinencia de la categoría “inactivo”, ya que es justo catalogar allí a los individuos que realmente no quieren trabajar porque están dedicadas al estudio, porque viven de la renta, o porque ya están pensionados, entre otros. Pero a todas luces, la definición que ofrece el DANE permite que se escondan allí una porción importante de personas que en realidad son desempleadas. También es curioso que el DANE incluya dentro de la categoría de “inactivos” a todas aquellas personas (principalmente mujeres) que están dedicadas a oficios del hogar sin remuneración.

Sobre la categoría de ocupados también hay polémicas, porque allí se incluyen a todas las personas que desarrollaron alguna actividad remunerada durante al menos una hora en la semana de referencia, y a las que desarrollaron alguna actividad no remunerada, en un negocio familiar, durante al menos una hora en la semana de referencia. Se deduce entonces que, todas aquellas personas cuya situación económica nos hace sospechar que el desempleo aumenta, tales como vendedores ambulantes, limosneros y cantantes del transporte público, en realidad se están registrando como ocupados y no como desempleados. Incluso el joven desempleado que acompaña a sus padres en el negocio familiar, sin remuneración, se considera ocupado.

Esas definiciones tan convenientes para el Gobierno sobre quiénes son inactivos y quiénes son ocupados, es lo que ha permitido mantener tan bajo el registro de desocupados, aunque eso implica necesariamente un aumento del porcentaje de subempleados (empleados precarios). Pero acá hay otro truco estadístico: el porcentaje de subempleados no se calcula sólo respecto al total de empleados, como se podría intuir, sino que también se incluyen a los desocupados en ese total. Con un denominador más grande, el porcentaje de subempleados se hace más pequeño.

Esta “flexibilidad” estadística permite que los Gobiernos de turno enmascaren el incremento dramático del desempleo y del subempleo a lo largo de estos 30 años de neoliberalismo y flexibilización laboral.

¿Y en tiempos de pandemia? Este margen estadístico resulta igualmente útil para el Gobierno. La semana pasada, el DANE publicó los resultados más recientes de la medición de desempleo. En su cuenta de Twitter, dicha institución anunció que “en abril de 2020, en Colombia 5.371.000 personas salieron de la ocupación. A la población inactiva se sumaron 4.313.000 personas”. Lo que el DANE busca señalar allí es que más de 5 millones de personas perdieron su empleo en esta coyuntura, y que, de ellas, 4 millones se registraron como inactivas y no como desocupadas. ¿Por qué? Seguramente porque ninguna de ellas hizo un esfuerzo efectivo para conseguir otro empleo durante la semana de la encuesta, es decir, en plena cuarentena. De ese modo, el Gobierno pudo mantener un registro de desocupación por debajo del 20%, cuando en realidad hubiera superado fácilmente el 33% de desempleo. ¿Y el subempleo? Ni siquiera se está midiendo, pues, al parecer, la emergencia COVID-19 afecta específicamente esta medición.

En los países capitalistas modernos, las “señales” del mercado se registran con rigurosidad para garantizar decisiones acertadas sobre política pública, incluso a pesar de que dichos indicadores no sean halagüeños para el Gobierno de turno. Desafortunadamente en Colombia, la clase dirigente sigue recurriendo a trucos estadísticos que mejoran la apariencia de dichos indicadores, con el único propósito de evadir la solución estructural de los problemas de desempleo y subempleo que nos aquejan.

Mientras tanto, la ficha metodológica del DANE consultada reconoce que “las estadísticas del mercado laboral y específicamente la tasa de desempleo (TD) han sido utilizadas como indicadores críticos para analizar el estado del comportamiento de la economía”. Como siempre en este país, todo se hace siguiendo rigurosamente los reglamentos, aunque atenten contra el sentido común.

*Senadora por el Partido FARC.

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