Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Tengo un problema que en el futuro, supongo, será grave: no siento que los libros son objetos inertes sino que laten con vida, y al pasar la mano sobre los lomos ordenados en los anaqueles de mi biblioteca, percibo la calidez que emanan y la sutil pulsación que tienen las cosas vivas.
La razón por la cual sé que esto será problemático es porque algún día tendré que dejar mis libros, regalarlos a familiares o donarlos a una institución que les interese. No hace mucho el columnista del New York Times, Stanley Fish, contó que había llegado la hora de despedirse de su biblioteca, y se preguntó qué sentimientos saldrían a flote en el momento final. ¿Sentiría pesar, dolor, tristeza, una nostalgia insuperable, la incapacidad de separarse de sus tesoros de la erudición, de la sabiduría y de la lengua, con los cuales él había gozado, batallado, aprendido y discutido tantas veces? Para su sorpresa, no sintió nada. Cincuenta años de trabajo salieron por la puerta de su casa, y luego de contemplar su biblioteca grande y vacía por un instante, dirigió su atención a escoger una nueva alfombra.
Quizás la reacción del respetado profesor y autor de tantos libros sea la más natural, y a lo mejor la más saludable. Pero en mi caso, cuando llegue ese día, que le llega a todo escritor debido a la muerte, la enfermedad, el hastío o el cansancio, no sé cómo viviré esa experiencia. Aun así, quiero pensar que no será igual, porque mi problema, repito, es que no siento que los libros son meros objetos, sino seres vivos que custodian las mejores aventuras del mundo, y son las de siempre.
Cada día percibo que en esos estantes imperios nacen y se derrumban, exploradores persisten, cartógrafos trazan el perfil de la costa y conquistadores surcan los mares en busca de fieles, oro, tierra o gloria. En algún lugar sé que Odiseo le dice al cíclope que su nombre es nadie. Tom Sawyer trama su treta para que Ben le pinte la cerca. Jay Gatsby contempla las remotas luces verdes. Un hombre, tendido en su cama, espera a sus asesinos. Un niño, atónito, ve el gran oso que se yergue sobre las patas, monumental. Pedro Páramo se desmorona como un montón de piedras. Justine se mira en un espejo. Raskólnikov empuña el hacha. Emma siente que el veneno le incendia las entrañas. Santiago Nasar no entiende un carajo, y los hermanos Vicario afilan los cuchillos. José Arcadio Buendía despierta en la selva frente a un galeón petrificado, mientras Úrsula barre la casa. Gregor Samsa, perplejo, observa sus patas de insecto. Hamlet vacila. Lear delira y brama en la tormenta. Romeo y Julieta se rozan las manos. Proust recuerda. Leopold Bloom camina. Sócrates dialoga. Aristóteles reflexiona. Cristo agoniza. Marx analiza. Newton piensa y cambia el mundo. Igual Einstein. Joseph K. es arrestado sin saber por qué. Don Quijote ve gigantes, no molinos. El emperador Adriano le pide a su alma que ingrese en la muerte con los ojos abiertos. La señora Dalloway compra flores para la cena. Sophie decide. Borges sueña con precisión matemática. Freud toma una antorcha e ilumina el inconsciente. Teresa Mendoza huye. Aquiles divisa las torres de Troya.
Así es. Siempre. Y al cerrar la puerta de mi estudio, percibo un apagado rumor de voces, y sé que son todos esos seres, vivos, que se remueven en las páginas.