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La sangre azul es una engañifa del tamaño del Aconcagua. Y no me refiero al aspecto cromático del tema, sino sencillamente al hecho de que los llamados linajes nobles son una invención de los propios linajes nobles. Dicho de otro modo: la manipulación de Darwin por obra y gracia de una falsa Clío, la musa de la Historia.
Quien se tome la molestia de investigar hasta sus raíces todos y cada uno de los más aristocráticos de los árboles genealógicos europeos (excepto uno), encontrará como fundador de la estirpe, siempre, a un delincuente. La Historia es fácil de entender bajo el prisma de la supervivencia del más fuerte, pero aún más sencilla de entender si sustituimos supervivencia por prepotencia.
En un momento determinado de la historia, alguien se ha sentido más fuerte, más listo, mejor que el resto de sus vecinos, y se ha erguido sobre ellos imponiéndoles su voluntad, y no sólo éso: reclamando como propiedad suya las tierras de quienes desde entonces pasaban a ser sus súbditos. Para lo cual, una vez cometido el expolio, no ha vacilado en defenderlo por medio de la tortura y del asesinato. Y a quienes eran demasiado cobardes para rebelarse, les brindaba su “protección”: como luego harían Al Capone & Co. Éste y ningún otro fue el origen de los linajes aristocráticos.
Es evidente que con el correr de los tiempos, y como los “señores” gozaron de un mayor acceso a los bienes de la vida, las estirpes tuvieron la ocasión de refinar sus gustos: no es lo mismo vivir en el palacio de Potsdam que en un quinto patio proletario de Berlín. Pero la mancha del pecado original de la dinastía no se borra con el bautizo de la autoglorificación, que siempre ha sido un contubernio muy bien escenificado por los señores. Para expresarlo en términos más brutales: la nobleza no fue otra cosa sino la extrapolación a superior social de la condición de mafioso.
Curiosamente, las revoluciones burguesas europeas no lograron sacarse de encima la atracción casi magnética del sentimiento aristocrático. Napoleón Bonaparte quiso crear su propia dinastía, y la nomenklatura soviética (de la que suele olvidarse que era burguesa sin paliativos) funcionaba de un modo tan rígido como el ceremonial de Versalles.
Hasta aquí las reflexiones. Y una puntualización honrosa: dije más arriba que todos y cada uno de los más aristocráticos de los árboles genealógicos europeos (excepto uno) tuvieron como fundador de la estirpe, siempre, a un delincuente. Y es cierto, tan sólo una de las familias reales europeas está exenta del pecado dinástico original, y es la sueca, la Casa Bernadotte. Pero se trata de esa excepción, que, como todas, confirma la regla.