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La instalación de una tienda de LV con empleados impecablemente vestidos de blanco que atienden a los potenciales visitantes/clientes de las “creaciones/obras” y que ha sido ubicada en medio de su exposición retrospectiva en el Museo de Brooklin (hasta julio), parece confirmar una terrible verdad y plantear una discusión nada obvia, ¿dónde empieza el arte y termina el consumo?… ¿Qué es arte, qué es moda?, ¿es la moda una forma de arte, o son acaso el diseño y la moda las artes del siglo XXI? Es innegable que los diseñadores de moda y de objetos han “democratizado” el acceso a productos útiles de cualidades estéticas sobresalientes y que ha sido la posmodernidad la que borró los límites entre las manifestaciones artísticas.
Para los más puristas esta apropiación del recinto sagrado del Museo se convierte en una provocación, para Murakami es sólo una manifestación más de su espíritu creativo sujeto a las leyes de oferta y demanda.
Humberto Eco, entrevistado por Catalina Gómez en Arcadia, se refiere a la idea de hermoso en el arte y al hacerlo justifica que el producto comercial invada la institución Museo como manifestación estética válida, aunque no la considere artística.
“…Es que el verdadero arte de nuestro tiempo está en la fabricación de un vaso, de una cámara, de un teléfono. Pero es un acto que no tiene que ver con el arte como actividad artística, es un hecho comercial, de curiosidad… La identidad entre arte y hermosura no es una idea tan antigua. Es una idea moderna… Los griegos, los romanos, los de la Edad Media incluían en el término de arte a la peluquería, a la fabricación de barcos… Todas las técnicas. Lo que nosotros llamamos técnica formaba parte del arte para ellos”.
La discusión, aunque bizantina, queda abierta.