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No deja de ser una gran paradoja. Internet nació como una red dedicada a la seguridad nacional y a la defensa de los Estados Unidos. Se trataba de asegurar que frente a un ataque sistémico a las redes de telecomunicaciones, existiera la redundancia suficiente para que no colapsara todo.
Por suerte ocurrió el milagro —tan propio de la riqueza de la cultura de ese país— cuando muchos genios se apropiaron de esa red de redes para conectar ideas, mensajes, música y todo lo demás. La Red fue de todos y logró alcance universal. Una conquista para la cultura universal, tan trascendental como la imprenta.
Por eso es tan devastadora la noticia. Las filtraciones de Edward Snowden que revelan los seguimientos de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos a las comunicaciones a través de internet y todas las demás redes de telecomunicaciones, cambiarán para siempre la idea romántica que muchos ilusos tenían de la web.
Se vigila a diario y de manera persistente. Google, Apple, Amazon, Facebook —y muchos más— se vieron compelidos a revelar información de sus usuarios para proteger a las fronteras de los enemigos. Hoy en día, con los millones de comunicaciones que cursan por internet, es bien remota la probabilidad de identificar al próximo terrorista que atacará a inocentes en alguna ciudad de ese país, pero, al parecer, la vigilancia tranquiliza.
Más allá de la paranoia no hay que desconocer que la amenaza es real. Alguien con US$1.000 y una conexión a GPS puede construir un dron helicóptero que, activado remotamente con un simple teléfono móvil, puede causar una catástrofe.
Estados Unidos está por cumplir un siglo como potencia universal. Desde sus albores, el poder político en ese país tuvo claro que las comunicaciones no podían dejarse libres. En 1918, en medio de la Primera Guerra Mundial, el presidente Woodrow Wilson nacionalizó las estaciones de radio y los telégrafos y se los entregó a la Marina, para asegurar que nadie amenazara la seguridad en medio del conflicto.
Casi 100 años después, los enemigos se multiplican y la web tiene tal alcance que ya es imposible saber quién llamará mañana a despertar el sueño americano.