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Hace dos meses, mis amigos Philippe Ollé-Laprune y Claire Durieux llegaron a Bogotá con un solo objetivo: convertirla en Ciudad Refugio.
Venían en nombre o representación de Icorn, la red internacional que lleva varios años agrupando a esas ciudades y acogiendo a escritores perseguidos. Estos dos franceses de todo el mundo se reunieron con la Alcaldía de Bogotá y el Ministerio de Cultura y expusieron su proyecto. La red —explicaron— acoge a escritores que, como consecuencia de sus escritos, se encuentren en riesgo de ser asesinados, secuestrados o “desaparecidos”; a escritores sentenciados a penas de prisión como consecuencia directa de sus escritos; a escritores que, por un miedo legítimo a la persecución de su gobierno o de entidades no gubernamentales, se encuentren inhabilitados para expresarse libremente. La idea era que Bogotá se incorporara a la red; que se abriera aquí una Casa Refugio como las que hay ya en medio mundo, de Ámsterdam en Holanda a Växjö en Suecia, pasando por la Toscana o Barcelona. Y, aunque el Ministerio de Cultura y la Alcaldía reconocieron la importancia del proyecto, todo parece estar avanzando con menos rapidez de la que algunos quisiéramos.
Para Bogotá sería un privilegio (y para algunos, entre los que me cuento, una obligación moral) convertirse en parte de esta red. De las más de cuarenta ciudades que la forman, sólo dos están fuera de Europa: Miami y México. Philippe Ollé-Laprune se encuentra a cargo de la casa mexicana —para ser precisos: la Casa Refugio Citlaltépetl—, cuyo presidente es Álvaro Mutis y en cuyo consejo administrativo estaban Carlos Monsiváis y Augusto Monterroso, y están todavía Sergio Pitol y Juan Villoro. Durante su visita, Ollé-Laprune me habló de la facilidad con que las autoridades de la capital mexicana firmaron el convenio en 1998, y la verdad es que no me sorprendió: por una tradición ya muy arraigada, México tiene la honrosa distinción de ser el principal país de acogida de América Latina. Y, aunque es mucho lo que esa hospitalidad ha dado a los extranjeros, es mucho también lo que México ha recibido. El chiste malo dice que la guerra civil española la ganó México. ¿Por qué? Porque allí fueron a parar los exiliados republicanos que, de Buñuel a Cernuda o Max Aub, transformaron para siempre la cultura de nuestros países. La Casa Refugio Citlaltépetl es heredera de esa tradición que ha salvado la vida o ha recuperado la integridad emocional, la dignidad creativa y la plena libertad de expresión para tantos escritores.
Y ahora Bogotá puede ser parte de esa tradición. ¿Por qué me entusiasma la idea? Porque mi ciudad no ha sido nunca, a pesar de los apellidos que se encuentra uno con cierta frecuencia, una ciudad de acogida; más bien ha sido históricamente lo contrario, una ciudad hermética y desconfiada, sede de varios gobiernos que a lo largo del siglo XX han recibido a sus inmigrantes a regañadientes y en algunos momentos puntuales se han comportado con una xenofobia que debería avergonzarnos. En los años que vienen, la libertad de expresión será, junto con el derecho a la privacidad, uno de los debates donde nuestras sociedades decidirán si están del lado de las conquistas democráticas o no. Y Bogotá tiene la oportunidad de ponerse ahora del lado correcto.