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Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en su segundo intento por alcanzar la presidencia de México en los comicios del 1º de julio, viaja en metro y hace fila en los aeropuertos para volar en clase turista. Además conserva la costumbre, de los tiempos en que era alcalde del Distrito Federal, de comenzar el día con conferencias de prensa que ponen a madrugar a los periodistas. Pero más allá de esos detalles de estilo, el candidato izquierdista, al que muchos de sus detractores consideran un mesías tropical, ha protagonizado una inesperada resurrección política.
AMLO, como es mejor conocido, arrastra el pesado lastre de los comicios de 2006, cuando después de arrancar como amplio favorito perdió por un estrechísimo margen de 0,56% frente al mandatario Felipe Calderón. En ese entonces desconoció los resultados, cantó fraude, mandó “al diablo” a las instituciones, se proclamó “presidente legítimo” e inició un plantón en Reforma, la principal avenida capitalina, que duró meses.
Con esos antecedentes, comenzó la actual campaña en el tercer lugar de las preferencias, detrás del telegénico candidato del PRI, Enrique Peña Nieto, favorito desde hace años en las encuestas, y de la candidata oficialista, Josefina Vázquez Mota. Pero en las últimas semanas ha repuntado, rebasó a la aspirante del PAN y se acerca al priista.
Un sondeo reciente del periódico Reforma lo ubicó a sólo cuatro puntos del candidato del PRI, y López Obrador asegura que según sus propias encuestas ya lidera las preferencias, aunque la mayoría de las mediciones le otorgan unos 10 puntos de ventaja a Peña Nieto.
En una primera etapa, AMLO siguió los pasos de varios candidatos latinoamericanos de izquierda que han suavizado su imagen radical de cara a unas elecciones, desde el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva hasta el peruano Ollanta Humala. Hizo una campaña en la que promulgaba una “República Amorosa”, e incluso llegaron a apodarlo con sorna “AMLOVE”.
Sin embargo, su segundo intento parecía destinado al fracaso y Peña Nieto, famoso por su copete, se encaminaba a recuperar el poder para el PRI sin siquiera despeinarse. Hasta que irrumpieron las protestas universitarias contra el partido que gobernó con autoritarismo durante más de 70 años.
“López Obrador comienza a crecer con las frecuentes marchas estudiantiles”, explica el analista político y columnista José Antonio Crespo, “pero antes se redujeron sus negativos con el discurso moderado; era un prerrequisito”.
El movimiento estudiantil, conocido como #YoSoy132, tomó vuelo en las redes sociales y ha organizado actos masivos contra el regreso del PRI y lo que considera un cubrimiento sesgado de los medios de comunicación a favor de Peña Nieto. Sin ir muy lejos, el domingo decenas de miles de personas marcharon en la capital horas antes del segundo y último debate. Aunque se proclama apartidista, el movimiento evidentemente perjudica al priista y favorece a López Obrador.
A pesar de ser el último obstáculo para el regreso del PRI, López Obrador todavía despierta resistencias. Durante su encuentro con los candidatos, el poeta Javier Sicilia, representante de las víctimas agrupadas en el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, le cantó las verdades a todos. A Andrés Manuel López le dijo: “Para muchos, usted significa la intolerancia, la sordera, la confrontación —en contra de lo que pregona su República Amorosa— con aquellos que no se le parecen o no comparten sus opiniones; significa el resentimiento político, la revancha, sin matices, contra lo que fueron las elecciones de 2006, el mesianismo y la incapacidad autocrítica…”. AMLO le reclamó que no lo metiera en el mismo saco con los demás, pues asegura representar el cambio verdadero.
El ascenso de López ha hecho renacer los ataques en su contra, similares a los que marcaron la etapa final de la campaña de 2006. Él habla de “guerra sucia”, de planes de fraude y desconoce las encuestas que no lo favorecen. Peña Nieto todavía es el puntero, pero su victoria ya no se ve inevitable, la brecha tiende a cerrarse, y ante un escenario disputado podría terminar por repetirse la crispación política de hace seis años.