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“¡Quienes traicionan a la patria, témannos! ¡Estamos llegando! La lucha nacionalista continúa más fuerte, dentro y fuera del Parlamento. Me difamaron, me amordazaron y los he vencido”. Del discurso de Nikos Mijaloliakos se esperaba que fuera cualquier cosa, excepto conciliador. Con sus palabras de victoria, el líder de partido Aurora Dorada abrió las puertas del Congreso a 21 de sus subalternos, que en las elecciones del 6 de mayo pasado fueron elegidos para legislar, acumulando el 7% de los votos.
Era el mejor resultado electoral desde la fundación del partido (1993) y Mijaloliakos, exintegrante de la división de paracaidismo del Ejército y tildado de fanático por el sistema político, tenía en su boca el sabor del triunfo y en esta oportunidad no estaba dispuesto a que no lo escucharan.
Era de esperar que esas palabras emergieran del discurso. Después de todo, resultaban menos violentas que intervenciones anteriores, cuando Mijaloliakos hablaba de minar y vallar las fronteras del país, no para matar a los inmigrantes sino para que no entraran; de expulsar a los extranjeros que estaban copando los cupos de trabajo, y de crear su propio sistema, independiente de otros países de Europa.
Dentro de ese grupo de 21 nuevos diputados a los que Mijaloliakos saludaba se encontraba Ilias Kasidiaris, quien la semana pasada no tuvo problemas en levantarse de su silla, en pleno debate para la cadena Antena 1, y lanzarle un vaso de agua a la candidata de izquierda Syriza Rena Duru, quien sacaba a relucir su expediente judicial, en el que figuraban cargos por agresión y asalto en un proceso de 2007. Ante el reclamo de la comunista Liana Kastelli, Kasidiaris se dirigió hacia ella, la empujó y le lanzó tres golpes de derecha que para fortuna de la mujer no fueron conectados plenamente. El integrante de Aurora Dorada tuvo que ser encerrado en un cuarto contiguo al estudio, de donde escapó tras romper la puerta.
Ninguna explicación parecía coherente para describir lo ocurrido, ni siquiera el hecho de que ante la imposibilidad de formar un gobierno tras las elecciones del 6 de mayo, el Parlamento haya tenido que ser disuelto por el presidente Karolos Papulias para convocar a nuevas elecciones el próximo 17 de junio. Los opositores del partido no desaprovecharon la oportunidad para cargar en contra, mientras que el implicado enviaba un mensaje en Facebook —era buscado por la policía—, afirmando que todo había sido una trampa para deslegitimar a Aurora Dorada, mientras que el partido emitía un comunicado acorde con su retórica incendiaria, en el que se leía: “No necesitamos la televisión. No necesitamos a los medios. Tenemos detrás a medio millón de griegos que nos apoyan”.
El apoyo está por demostrarse, como están por verse las implicaciones que la furia del aspirante a diputado pueda traer a la hora de acudir a las elecciones. En todo caso, la confianza acompaña a Aurora Dorada, el movimiento que aglutina a la ultraderecha griega y al que ya se tilda de neonazi, no sólo por su símbolo similar a la esvástica alemana y la bandera roja sobre la que se dibuja.
Es un ejemplo más de la radicalización política europea en épocas de crisis. Sin llegar al punto del desafuero de Ilias Kasidiaris, la ultraderecha ha logrado avances importantes en Europa durante los últimos años. Recientemente, en Francia, la candidata a la presidencia Marine Le Pen alcanzó el 17,9% de los votos en la primera vuelta presidencial, con un discurso nacionalista, de control fronterizo y expulsión de migrantes y una campaña para detener la “islamización” del país.
En Austria, el Partido de la Libertad, encabezado por Heinz-Christian Strache, se perfila como favorito para gobernar el año que viene. Se opone férreamente al uso del velo islámico y a la construcción de mezquitas. Más al norte, el Partido Auténticos Finlandeses, liderado por Timo Soini, goza del apoyo del 10% de la población de Finlandia, y entretanto, en Suecia, la coalición de Demócratas Suecos tiene a 20 de sus hombres en el Parlamento.