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Con la ponencia del magistrado Alejandro Linares ya sobre la mesa de cada uno de sus colegas en la Corte Constitucional, que sugiere que en Colombia se despenalice el aborto sin restricción alguna hasta la semana 16 de gestación, este debate se pone cada vez más intenso. A partir del próximo miércoles 26 de febrero, los nueve integrantes de este alto tribunal entrarán a discutir si esa postura es viable, si deben inhibirse de hacer algún pronunciamiento o si este tema ya es, simplemente, cosa juzgada.
Para la séptima entrega de la serie #AbortoConArgumentos, que abrió El Espectador con el propósito de alimentar esta discusión tan controversial, presentamos la historia de una mujer* que vive en un pueblo colombiano y que interrumpió su embarazo hace seis años por una razón esencial: nunca ha querido ser madre. Quien era su pareja la acompañó al procedimiento, al tiempo que la llamaba asesina. A hoy, ella sigue segura: interrumpir el embarazo era lo mejor que podía hacer por ella y por su bebé. (El panorama del aborto en el mundo y en los tratados internacionales)
Desde 2006, por una decisión de la Corte Constitucional, en Colombia un embarazo puede interrumpirse si es producto de un abuso sexual (lo cual se debe denunciar ante las autoridades como prerrequisito para el procedimiento), si el feto tiene alguna malformación incompatible con la vida o si la salud (física o mental) de la madre se encuentra en riesgo. He aquí la historia de esta mujer de un pueblo, quien, incluso a pesar de que encajaba en una de las causales reconocidas por la Corte, abortó con el miedo de terminar en la cárcel respirándole en la nuca.
“Yo tenía 26 años cuando todo pasó. Fue un descuido que tuve con mi novio de ese entonces, estábamos muy enamorados, supuestamente. Pero la relación empezó a cambiar. Nos alejamos. Los celos empezaron. Todo se estaba desmoronando. Yo tenía trabajo, él quería seguir estudiando. Me crie en seno de una familia católica, militar, conservadora y en colegio de curas u nunca me he visto como una madre abnegada, sobre todo porque veo en la mía a una mujer que se arrepiente todos los días de haber tenido hijos y, obvio, yo soy hija única. Así que…
Cuando quedé embarazada sentí que mi vida se había acabado. Me sentí miserable y sin motivos para vivir. Le conté a mi novio y él, más católico y conservador que yo (conservador, aclaro, en el sentido en que quería que yo fuera la madre de sus hijos, mientras el seguía yendo donde las putas), me propuso tener al bebé. («No hay sustento jurídico para afirmar que el aborto es derecho fundamental»: Unisabana)
Después de que tanto amor tóxico me había consumido hasta el tuétano, la mononeurona que me quedaba me hizo ver la siguiente escena: un corral al lado de mi cama, en una pieza arrendada en el pueblo donde estaba trabajando, sin closet, sin baño, la bebé llorando a la madrugada y yo esperando al tipo con un caldo frío, mientras él llegaba ebrio y oliendo a jabón chiquito.
No, no quería esa vida para nadie.
Mis días se convirtieron en una rutina: trabajaba de día y en la noche pasaba por la iglesia a llorar. Arrodillada frente al altar, tomé la decisión de abortar y en adelante le supliqué a Dios que me diera una segunda oportunidad en la vida, la oportunidad de vivir y de no quedar presa. Con el aborto ilegal, las oportunidades de vivir y de no terminar en la cárcel son muy pocas. (“Un aborto se debe hacer tan pronto como sea posible y tan tarde como sea necesario”: Mónica Roa)
No sé si sentí culpa por la bebé, hay algo en la naturaleza que les indica a las madres qué van a tener y yo sabía que era una niña. Pero, sabía también, esa bebé iba a ser más miserable que yo en ese momento. Ella tendría que pagar mi amargura por no haberla planeado y el karma del padre por ser un mal tipo con las mujeres que lo habíamos amado.
Mi decisión estaba tomada: o abortaba o me mataba, pero seguir así no era opción. Conseguí una cita en un lugar donde me asesoraron y me brindaron atención psicológica antes y durante el procedimiento. El tipo fue conmigo y de asesina no me bajaba. Nunca dejó de hacerlo. Me fui de su vida siendo la descuartizadora de bebés, la asesina de una duda, porque, después, dijo que no era de él. («Se puede estar en contra del aborto y estar a favor de que no sea delito»: Ricardo Posada)
Recibí las pastillas de Misoprostol y regrese a Bogotá para abortar en mi casa, en mi cuarto, en mi baño, callada y con un dolor que no le deseo a nadie. Mi exnovio estuvo conmigo ese día para recordarme, mientras el coágulo de sangre de dos centímetros de diámetro daba vueltas por el excusado, que ese era su hijo y que yo lo había matado. Dios sabe que tomé la decisión correcta. Yo no quiero ser madre. Ahora tengo 32 años, soy soltera y, todavía, nada en mi cuerpo me pide que tenga un hijo.
No siento culpa por haber abortado, sino por haberme descuidado como mujer, por haber pospuesto mi vida por un hombre, por creer que mi felicidad y mi amor propio dependían de otra persona. El dolor físico que sentí no se compara con ninguno, el miedo a morir era una constante. Sentirme en la ilegalidad todos los días de mi vida, como un criminal que debe esconder su falta, es un sentimiento que no le deseo a ninguna mujer.
Adapté un poema para la bebé, nunca lo compartí con nadie hasta ahora, nunca compartí esta historia con nadie. Es una adaptación de Me tuviste, de Gabriela Mistral:
Duérmete, mi niña,
duérmete sonriendo
que es la ronda de astros
quien te va meciendo.
Ve y goza la luz,
ve y sé feliz.
Todo bien tuviste
al no tenerme a mí.
Duérmete, mi niña,
duérmete sonriendo,
que es la tierra amante
quien te va meciendo.
Y aunque yo no pude
estrecharte a ti,
tu estrechaste al mundo,
no me estrechaste a mí.
Duérmete, mi niña,
duérmete sonriendo,
que es Dios en la sombra
el que va meciendo».
*Nombre omitido porque el aborto hace parte de la intimidad de las mujeres que se lo practican.