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El presidente ecuatoriano, Rafael, está batiendo todos los récords nacionales.
El 24 de mayo juraba su tercer mandato electoral, lo que nadie había conseguido en el país por vía democrática; con lo que, si no hay ningún traspié, habrá gobernado —segunda marca histórica— desde el 15 de enero de 2007 al 24 de mayo de 2017, 10 años, cuatro meses y nueve días, y lo hará con una formidable mayoría absoluta —tercera marca— en la Asamblea, de 100 escaños sobre 137. En los 183 años de independencia nadie se había arrimado ni de lejos a esos guarismos.
¿Hay algo que pueda distinguir este tercer período de los anteriores? El analista ecuatoriano y profesor de la universidad de Salamanca Simón Pachano hace un análisis muy sugerente de su discurso de toma de posesión. A primera vista era una repetición con teleprompter de sus habituales charlas sabatinas en televisión. Pero el presidente fue mucho más opaco al dirigirse a los adversarios de su Revolución Ciudadana, a los que ya no cubría de improperios, aunque no dejara dudas sobre cuál era su opinión de la antigua clase política y la prensa; los elogios se dirigían profusamente a la “economía extractiva”, que es por donde quiere conducir al país en estos cuatro años, o en otras palabras, sacar de la tierra lo que la tierra tiene para el desarrollo acelerado de Ecuador.
Correa quiere, paradójicamente, usar los mecanismos extractivos para construir un país que se libre de la tiranía de la economía extractiva, o suministro de materias primas al mundo desarrollado, propio de quien vive sujeto a los azares de una cotización internacional de materias, que no siempre se pagarán como el crudo del Orinoco. El objetivo sería alcanzar la plena soberanía energética para industrializar a Ecuador. Pero esa voluntad ya la tuvo el sah cuando decía que el petróleo que suministraba a Occidente serviría para edificar un futuro en que Irán le vendiera aspirinas a Occidente. Su defenestración y el sistema islámico de los ayatolás que lo ha sucedido no ha hecho, sin embargo, buena esa profecía.
La explotación sistemática del suelo implica una desviación importante del “pachamamismo” —el culto a la madre tierra— que impregnaba la Constitución correísta, y augura mayores problemas con el campesinado indígena, al que había cortejado, aunque no siempre, con éxito en sus dos primeros mandatos. Y, finalmente, hay una recuperación del llamado socialismo del siglo XXI, en desuso en los dos años anteriores. Esta referencia al chavismo puro y duro puede estar, sin embargo, inspirada en la intención de ocupar el espacio político evacuado por el fallecimiento del fundador, el presidente de Venezuela Hugo Chávez, más que por un deseo genuino de modificar las bases de la economía capitalista ecuatoriana.
Rafael Correa ya aseguró en febrero, ante corresponsales extranjeros en Quito, que no pensaba presentarse a más mandatos y que su futuro sería el reposo del guerrero en Europa. Y lo ha repetido en la jura. Hay, con todo, quien seriamente duda de la veracidad de sus intenciones, que puede ser ahora sincero, pero cambiar de opinión cuando la realidad muestre que “el pueblo lo aclama” pidiendo más correísmo, o quizá más correazo. Pero también existe la escuela de pensamiento de que Correa mantendrá su palabra o como mínimo estará convencido de que va a retirarse durante la mayor parte de su mandato, y querrá hacerlo en una clave más moderada, que le asegure un lugar más ameno en la historia.
Está por ver que Correa sea capaz de moderarse y nada hace pensar que renuncie a los poderes acumulados estos años, como una judicatura a la que hace bailar al son que convenga, como bien saben y sufren los medios de comunicación. Y en la aplicación práctica de una nueva ley que afecta a la prensa habrá un excelente baremo para juzgar si hay o no un nuevo estilo. Esta ley, junto con inventos del correísmo como la Ley de Participación Ciudadana, cuyo objetivo dice ser el empoderamiento de las clases no favorecidas para garantizar su presencia activa en la gobernación, serán la piedra de toque para responder a estos interrogantes.
Si el presidente quiere que su Revolución Ciudadana prosiga más allá de su mandato, el actual o siguientes, debería ir preparando ya el camino a un sucesor: ¿el vicepresidente Jorge Glas, para quien Correa asegura cuando menos que reserva altas responsabilidades? Rafael Correa tiene la oportunidad de dejar encarrilada la modernización del país; un Ecuador que hay quien cree saber que imagina mucho más como Corea del Sur que como Venezuela, disciplinado, responsable, educado e industrializado. Pero si ese progreso hay que pagarlo con un déficit de democracia, incluso la que algunos llaman despectivamente “democracia formal”, su obra seguirá arrojando las poderosas sombras que en sus dos primeros mandatos han caracterizado al correísmo.
* Columnista de El País de España.