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Una coma de más, una coma de menos. Si él hubiera escrito “no voy a ir”, como respuesta a mi petición de que nos encontráramos en el bar de la 13 con 85 para intercambiar viejas revistas de fútbol, la historia habría sido distinta, pero se le escapó la coma o se equivocó, pensé entonces. Muy luego supe que la había puesto a propósito.
Escribió “no, voy a ir”, y apenas llegó su mensaje se perdió la señal. No pude confirmar nada. Di por sentado que Leopoldo Suárez llegaría a nuestra cita en punto de las siete de la noche. Sin embargo, cuando llegué, tres minutos después de lo pactado, no estaba. Me senté en una silla alejada de un montón de muchachos que hablaban, brindaban y se reían, en el último rincón de la barra. Pedí un whisky, y uno más, y otro. Salí a fumar. Regresé.
“Camarero, otro whisky”, como cantaba Adamo muchos años atrás.
Pasadas dos horas, después de haber intentado llamar a Suárez más de 10 veces, decidí que me iría, pero para ese momento yo ya estaba algo ebrio. Caminé hacia la 15. Música, rumba, borrachos y más borrachos. Suárez me había dicho alguna vez que vivía por la 70 y algo debajo de la 15 en un edificio viejo de ladrillos, sólo eso. Llevado por algún instinto, agarré hacia el sur. Dos policías se me acercaron, me pidieron los documentos y me dijeron “acompáñenos”. Protesté, por supuesto. Invoqué mis derechos, pregunté de qué se me acusaba, pero ellos no respondieron. Me empujaron al asiento de atrás de una camioneta y cerraron la puerta. Una hora más tarde, otro agente me informó que quedaba “oficialmente detenido”. Luego el carro arrancó. Dio vueltas y vueltas.
Por fin, poco después de las dos de la mañana, se detuvo ante una estación de policía. Me bajaron dos hombres, me recluyeron en un cuartucho y me dijeron, tajantes: “Ya le informarán”, antes de que yo volviera a preguntar. A las seis se apareció un capitán. “Señor Torres, usted está detenido preventivamente por una operación antiterrorista que nos ha permitido detener a varios implicados y cuya cabecilla es el señor Leopoldo Suárez”. “Pero yo…”. “Es mejor que guarde silencio hasta que lo asista un abogado”. Veinticuatro horas después, el abogado de oficio me informó que el mensaje “no, voy a ir”, entrañaba un código según los investigadores de la policía con quienes Suárez trabajaba. En este caso, por el número de palabras y los signos de puntuación, significaba que el destinatario debía ser aprehendido. “Para mí —dijo y bajó la voz—, que el tipo estaba corto de resultados”.