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Subsuelos

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Las antiguas ciudades siguen aquí, estáticas y prolongadas en la ruina y el polvo, bajo las capas férreas de la tierra resguardando la memoria remota del bullicio que en sus calles zumbó como como el hervor de la rabia, como una tromba de átomos convulsos.

Siguen aquí, bajo la furia hiperbólica y moderna de otras urbes extendidas en los plazos del tiempo, descubiertas u ocultas resistiendo las fricciones de la gravedad con sus columnas erectas y sus largos pasillos lineados en paredes desgastadas ya por la violencia inexorable de los siglos.

Se cumplen cien años del descubrimiento de Uruk, la ciudad más antigua registrada hasta hoy en las arenas de ese vasto territorio en que, seis mil años atrás, Mesopotamia era la cumbre sociológica del mundo, la primera conjunción de tradiciones y costumbres en el mismo espacio, la primera convivencia del escandaloso antagonismo.

Fue Uruk su ciudad central, su vertebra. Alrededor de ochenta mil cuerpos recorrían sus plazas subsistiendo en las primeras técnicas agrícolas, improvisando las primeras tácticas de la escritura, recreando la primera luz del simbolismo, los fundamentos de la contabilidad y el cálculo. En un solo espacio y en un tiempo, esa costumbre fundó la atmósfera difícil de la interacción sobre unas bases soportables, asimilando con las pinzas frágiles de la improvisación las nebulosas de la resistencia y de la tolerancia.

Ese fenómeno espacial de cuerpos y de voces en un solo bullicio era el esbozo de ciudades monstruosas y bestiales que se entregarían en refugio a la ambición y a la debilidad, el mismo fenómeno por el que siglos después Aristóteles definiría al hombre en la lacónica fusión de dos palabras; “animal político”. El mismo por el Henry David Thoreau definiría a la vida ciudadana como un encuentro de millones de seres viviendo juntos en soledad, y el mismo por el que Arnold Gehlen explicaría, intentando destruir el orgullo de las urbes, que sólo el hombre, a diferencia de sus cercanas especies animales, es indefenso, vulnerable y desvalido, carente de colmillos útiles o garras para defenderse y propinarse una existencia independiente, y que en el yugo y el naufragio de su insuficiencia, utilizando sus pequeños dotes fonológicos, recurriría a la sobrevivencia en masa, aglutinado en sus murallas de piedra y de metal para evadir las cacerías de la muerte y de la inanición. Así sobrevivió en Atenas, incrementando su resistencia vital al inventar la democracia, en Roma al erigir la ley y el estandarte del derecho, en París al fomentar constituciones de respaldo, en Nueva York al convocar los extremos de las tradiciones enemigas.

También serán subsuelos de la historia estas metrópolis y las dispersas ciudades de la tierra. Los sedimentos y los siglos las enterrarán con la impiedad del tiempo. Irán enmudeciendo entre la inercia evolutiva de sus decadencias, ocultándose en la sombra general de la claudicación, y una vez más demostrarán ante el despeje de luz de los futuros arqueólogos, que la obsesión por absolutizar las convivencias y los pacifismos en sistemas políticos tan frágiles como el instinto apaciguado en los endebles códigos de la razón, era el delirio ingenuo de una especie perdida en el espanto y el terror  sus incertidumbres.

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