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Víctimas o ciudadanos

Rodolfo Arango
29 de mayo de 2013 – 06:00 p. m.

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No podía ser más paradójico que en una misma semana se llegue a un acuerdo parcial de paz con la guerrilla marxista-leninista y se firme un acuerdo multilateral de comercio que reviva el ALCA.

Parece como si el gobierno Santos, a punta de subvenciones provenientes del boom minero-petrolero, buscara reparar a las Farc, cual víctimas a indemnizar por 50 años de olvido, y que éstas hicieran parte del juego con miras a afianzar su fuerza político-militar en las zonas donde hacen presencia. Los dos hechos, ampliar el libre comercio y asegurar socialmente a los campesinos, resultan contradictorios. El primero exige menos Estado social de derecho, el segundo, más.

Las partes confían en que finalizada la fase de consolidación el país estará institucionalizado, industrializado, y su riqueza y oportunidades redistribuidas. El enfoque de La Habana, por bien inspirado que sea, se enfrenta a duras realidades mundiales: la competencia internacional descarnada, las sociedades postsalariales y el desmonte del Estado social. Por ello es previsible que el modelo TLC-paz-Farc resista sólo hasta donde alcancen los excedentes minero-petroleros; para algunos, tiempo suficiente tratándose de desmovilizar a los cabecillas y reinsertar las tropas rebeldes, aunque un remanente devenga en facrims (fuerzas armadas criminales) dedicadas a la coca, la minería ilegal y la criminalidad organizada.

La libre competencia internacional no es afecta a la diversidad ni al multiculturalismo. En el capitalismo transnacional tener un empleo de tiempo completo con prestaciones sociales es un lujo. El desempleo y el desamparo han dejado hace rato de ser la excepción para convertirse en la regla. Los riesgos sociales —desempleo, invalidez, vejez, muerte— ya no son amparados por los sistemas de solidaridad o de seguros sociales, diseñados para otras realidades demográficas y económicas. El Estado de prestaciones sociales —como las propuestas para lo rural— es una rareza en la economía globalizada. En este contexto, cualquier solución al dilema comercio-guerra es simplemente cortoplacista y miope.

Una alternativa más halagüeña a la comentada le apuesta a construir ciudadanía social, no meramente a reparar víctimas. Una democracia profunda requiere de seres humanos pensantes, críticos, solidarios, comprometidos con su cultura y su comunidad, no de clientes fungibles a los intereses de turno, sean santistas ahora o farcos después. Sobre las bases del libre comercio no es posible reparar la cultura, ampliar la democracia ni sostener un Estado social de derecho. Se trata de una contradicción en los términos. A punta de subvenciones a sectores excluidos, se repite, máximo se forman clientes, no ciudadanos.

La discusión sobre participación política podría ser la ocasión propicia para reflexionar acerca de cómo construir ciudadanos y no meros clientes. Los regalos populistas a diestra y siniestra del Gobierno, que podrían ser los mismos bajo un gobierno bolivariano, son mal ejemplo para la formación de ciudadanos autónomos, reflexivos y solidarios. La autocomplacencia por el bajo nivel de la educación en las zonas rurales no es disculpa para no ver la grave equivocación de creer que todo se arregla con plata. ¿Dónde está la propuesta para fomentar la calidad y el número de maestros rurales, mejorar las escuelas, colegios y universidades, y expandir la educación para la democracia y la paz? Ojalá los negociadores, tan diestros en armas y estrategias, sepan aprovechar el momento histórico que la sociedad colombiana les brinda, para bien del país.

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