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LOS ORÍGENES DE LA PLANEACIÓN y la política económica de Colombia estuvieron ligados a los nombres de Lauchlin Currie y Albert Hirschman. El primero, de origen canadiense, a solicitud del Banco Mundial dirigió la preparación del famoso diagnóstico económico del país en 1949. Y en los primeros años de la década del cincuenta, ambos trabajaron como asesores del Consejo de Planeación que debía llevar a la realidad las ideas del trabajo de Currie.
A primera vista había entre ellos varias afinidades. Vinculados al Banco Mundial, fueron acusados de haber pertenecido o colaborado con el comunismo y hallaron refugio en Colombia en la época más activa de las campañas del senador McCarthy (Hirschman, austríaco, antifascista, había peleado del lado de los republicanos en la Guerra Civil Española).
Pero las diferencias entre estos personajes fueron pronunciadas. Cuando Currie llegó a Colombia exhibía en su hoja de vida una destacada participación en el diseño de la arquitectura económica de la posguerra, pero ya había pasado lo mejor de su producción intelectual. Hirschman, en cambio, no tenía una formación académica demasiado sólida, era relativamente desconocido en las mejores universidades y sus trabajos profesionales no habían alcanzado las cimas de los del canadiense.
Mientras que Currie venía a enseñar y guiar a los nativos, el mayor interés de Hirschman fue aprender y entender a Colombia. Y a partir de esta experiencia, se convirtió en una autoridad que, años después, sería reconocida en todo el mundo. Para Currie, Colombia fue el puerto de llegada a su nueva vida. Para Hirschman, en cambio, fue la plataforma de despegue hacia su brillante participación en la discusión sobre los temas del desarrollo en los mayores centros académicos.
Aunque ambos, para los extraños, sobre todo para quienes desconfiaban de los extranjeros, eran misioneros de un nuevo credo —el desarrollo económico—, en realidad quien mejor desempeñaba este rol evangelizador era Currie. Hirschman, en cambio, asumió el carácter de un investigador curioso, interesado en los colombianos, sobre todo en su sector empresarial, ignorado en el informe Currie, y se concentró en los casos de éxito y de esperanza que encontraba en Colombia.
Currie compartía las ideas en boga sobre el crecimiento equilibrado, que exigían una serie de intervenciones simultáneas para desatar el desarrollo. Era amigo de los planes grandiosos, impuestos desde arriba, que emanaban de la cabeza de la eminencia extranjera. Hirschman, en cambio, se ocupaba de lo micro, analizaba proyectos y apreciaba las tensiones y desequilibrios que creaba el crecimiento. Señaló que los propios economistas —ortodoxos, estructuralistas o marxistas—, por su rigidez, se convertían, con frecuencia, en obstáculos adicionales para el desarrollo.
Hirschman fue un adalid del esfuerzo reformista de los años sesenta en América Latina y simpatizó con la reforma agraria. El mayor legado de Currie, opuesto a la reforma de la propiedad rural, fue el ambicioso plan de las cuatro estrategias, que pretendía accionar dispositivos que aumentaran el ahorro, crearan empleo e impulsaran el crecimiento.