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El barro que surge del escándalo bancario en el Monte dei Paschi di Siena (MPS) ha sido útil como material de campaña para los políticos italianos, que lanzan pullas a sus rivales antes de las elecciones de este mes. Ahora, incluso un italiano que se halla a 1.000 kilómetros de distancia resultó salpicado.
Generalmente las preguntas se generarían por el simple hecho de que Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo (BCE), fue el presidente del Banco de Italia entre 2006 y 2011, cuando algunas posiciones arriesgadas de derivados en los balances del MPS se hicieron por primera vez públicas.
Pero tomen en cuenta que el BCE, con sede en Frankfurt, pronto recibirá poderes para supervisar a todos los bancos de la Eurozona, y el momento difícilmente pudo haber sido peor.
Esto pone de relieve el tipo de riesgo a su reputación del que el mismo BCE ha dicho que debe cuidarse cuando asume la supervisión bancaria. El cambio institucional necesario es grande, pues el banco tendrá que contratar a 2.000 trabajadores adicionales e implica el adoptar una aproximación muy distinta a su tarea principal, que es la de fijar las tasas de interés.
Mientras que una política monetaria independiente puede ser justamente eso, muy independiente (si no llanamente monástica), aquello no aplica a los supervisores bancarios. Los supervisores deben entrar a los bancos, revisar los balances y, cuando algo sale mal, tomar decisiones en torno al destino del banco, que además tendrán consecuencias políticas.
Y mientras que los pasos en falso de la política monetaria pueden ser económicamente devastadores, también pueden ser revertidos en teoría, y no vienen con una etiqueta de precio explícita para un rescate, que los políticos puedan luego utilizar para decir que los supervisores se durmieron en lugar de hacer su trabajo.
Mucho sigue siendo incierto sobre qué pasó en el banco Siena, que se considera el banco más antiguo del mundo. No obstante, el rescate de 3.900 millones de euros que el gobierno de Italia realizará acontece luego de la compra de Antonveneta, en 2007, cuando se desmembró el ABN Amro y se descubrieron, en un documento oculto en la fortaleza toscana que sirve de sede para MPS, cientos de millones de euros en pérdidas por inversiones en derivados.
Sin duda, Draghi es muy consciente del peligro que supone para el BCE que lo relacionen a él con un error de juicio. Por eso, luego de asistir al Foro Económico Mundial en Davos, hizo un desvío hacia Milán para hablar con el ministro de finanzas, Vittoio Grilli, antes del debate parlamentario sobre MPS.
Luego de esto el Banco de Italia publicó una defensa de cinco páginas sobre su supervisión del MPS, desde la adquisición de Antonveneta. Señaló que había permitido que la adquisición se realizara siempre y cuando el banco toscano reuniera los fondos necesarios para reconstruir su base de capital, y que el MPS tuviera un escrutinio más detallado por parte de supervisores (liderados por Draghi) en 2010. También recalcó su limitado poder para hacer cambios en la administración del MPS.
¿Entonces cuál podría ser la lección para Draghi y el BCE a medida que se preparan para asumir la responsabilidad de la próxima serie de derivadas dudosas, escondidas en cajas fuertes, u otro tipo de prácticas indebidas en alguno de los 17 países de la Eurozona?
La más obvia sería asegurarse de tener la mejor gente en su campo, una vez que el BCE asuma la supervisión de hasta 200 de los bancos más grandes del mundo desde principios del próximo año.
Ya se ha insinuado que los supervisores nacionales de la Eurozona, entre los cuales se encuentran muchos bancos centrales nacionales, han estado preparándose para la fuga de cerebros hacia Fráncfort.
Pero la supervisión del día a día de los miles de bancos más pequeños del bloque seguirá siendo la preocupación principal de estos bancos centrales nacionales, de manera que la fuga de cerebros puede generar problemas. El mantener la supervisión en los bancos centrales nacionales fue un compromiso que nació del fiero lobby realizado por los bancos de ahorro alemanes. Sin embargo, técnicamente el BCE siempre tendrá el poder para intervenir en cualquier banco y para emitir órdenes a las autoridades nacionales, aunque inicialmente no tendrá un poder formal de compulsión.
Así que no espere que las preguntas de supervisión en torno al Monte dei Paschi sea la última pelea de barro doméstica en la que termine involucrado el BCE.