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Se le entregó en Estocolmo, a Louise Glück, su merecidísimo Premio Nobel de Literatura. Una vez más, la Academia Sueca acertó la diana, siguiendo una tradición propia en lo que tiene que ver con los poetas.
A mi juicio, sólo ha tenido tres fallos en sus galardones a la poesía. En el año inicial, 1901; en 1931, al otorgárselo a título póstumo a Erik Axel Karlfeldt, pero más por su desempeño como presidente del Comité Nobel que como poeta; y en 1974, al repartirse el premio entre dos autores suecos muy respetables, pero poco Nobel, el novelista Eyvind Johnson y el poeta Harry Martinson, con la idea de no restarle esplendor a la ceremonia con Solzhenitsyn, Nobel 1970, a quien recién pudo entregársele cuatro años después, cuando lo expulsaron de la Unión Soviética.
En el año inicial 1901, y puesto que parece que el galardonado debía ser un francés, muertos ya Mallarmé y Paul Verlaine –a quienes nunca se lo habrían concedido, por impresentable en una buena sociedad–, y siendo demasiado jóvenes Paul Claudel (33 años) y Paul Valéry (30), la alternativa fue Sully Prudhomme, nada mal poeta, pero sin la altura de los otros cuatro que cito en este párrafo.
Por lo demás, fuera de Francia, en 1901, Heine, Matthew Arnold y Walt Whitman también habían muerto ya. Rubén Darío (34), Amtonio Machado (26) y Rilke (26) eran asimismo demasiado jóvenes; Fernando Pessoa (33) publicó su primer libro en portugués en el año 1934, y Constantino Cavafis (38) no publicó en vida sino dos plaquettes, en 1904 y en 1910, que él mismo distribuyó a quienes pensaba que eran dignos de leer su poesía.
Ahora bien, una vez explicado lo que antecede, en la lista de poetas agraciados con el Nobel tan solo encontramos nombres intachables, a despecho de que algunos no nos gusten o los clasifiquemos con parámetros en exceso personales: Frédéric Mistral, Carducci, Tagore, Yeats, Gabriela Mistral, T.S, Eliot, Juan Ramón Jiménez, Quasimodo, Saint–John Perse, Seferis, Nelly Sachs, Neruda, Montale, Aleixandre, Elytis, Miłosz, Seifert, Brodsky, Octavio Paz, Derek Walcott, Seamus Heany, la Szymborska, Tranströmer… todos ellos nombres de primerísima fila, repito que incluso aquellos que a uno personalmente no le gusten: yo, por ejemplo, detesto la poesía y mucho, muchísimo más, la persona de Neruda.
Existe un curioso paralelo con el premio Cervantes. También aquí sólo hay tres fallos en la lista de los poetas premiados: en 1992 Dulce María Loynaz y en 1996 José García Nieto, y sobre todo la tremenda metedura de pata de 1979, haciéndole compartir el premio a nadie menos que Borges con Gerardo Diego, no mal poeta, no, pero ¡por Dios!, como solía decir Álvaro Mutis en estos casos.