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Este es un secreto para contar

Una fundación, con sede en Medellín, recorre desde 2004 los 125 municipios de Antioquia con el único propósito de promover la lectura.

Carolina Chavarría Olarte
Navegando Antioquia por el río Magdalena.  / Fotos: Instagram: @carolinachavate
Navegando Antioquia por el río Magdalena. / Fotos: Instagram: @carolinachavate

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Estoy en el metro de Medellín esperando el tren que me llevará al puerto terrestre de la ciudad. Sí, podremos no tener mar, pero en toda ciudad hay siempre un puerto. Para navegar Antioquia primero se llega a la estación Caribe, donde queda la Terminal Norte de Transporte.

Hace un año no me cabía en la cabeza que uno pudiera tener este lugar por oficina. Trabajaba para una organización gubernamental a cargo de recibir relatos del conflicto armado que servirán para condensar parte de la memoria del país alrededor de la violencia; escuché testimonios macabros, pude sentir cerca a los protagonistas de nuestra guerra sin sentido. Pasé casi dos años en ese lugar, cumpliendo con un horario laboral de ocho horas, que en realidad son diez y hasta once. Comencé a sentir que esa rutina anulaba en mí la perspectiva de “trabajar por los derechos humanos”, hacer trabajo de campo desde un escritorio, observar el mundo desde el computador.

Pero cuando se tiene un buen salario y una relativa estabilidad laboral es difícil tomar la decisión de escribir una carta de renuncia, para abandonar los trayectos monótonos hacia la oficina y lanzarse a la incertidumbre de la novedad.

Al llegar a la terminal, abordo el primer bus que me lleve a uno de los destinos laborales de esta semana, el Magdalena Medio antioqueño. Es domingo, jamás hubiera querido trabajar un domingo, pero sin ahondar demasiado en ello asumo que tengo una responsabilidad y mientras aparto la angustia el bus se pone en marcha. Estar en movimiento me relaja, me tranquiliza.

Llevo algunos meses trabajando para la Fundación Secretos para Contar ejerciendo dos de mis pasiones: el viaje y los libros. Mi misión: llevar textos hasta las escuelas rurales y promover lectura, o como la fundación diría: “Sembrar el campo de libros”. No importa la distancia, no importa el tiempo, no importa cuántos libros se tengan que llevar.

En jeep, a pie, en lancha o en mula estos textos transitan desde hace diez años hacia las escuelas rurales de Antioquia. En tiempos en los que ir de un lugar a otro en la ciudad parecía tan sencillo, suena un poco anacrónico que dentro de un mismo municipio te gastes hasta ocho horas de camino para llegar a una vereda, una vereda donde además te esperan una escuela y un maestro dispuesto a trabajar.

De un modo extraño, cada bus se ha vuelto una mala clase de geografía donde la niebla es la compañera permanente del viajero. Las escuelas se perciben lejanas. El camino siempre está atestado de piedras, pantano y maleza. Puentes rotos, riachuelos, peñascos resbaladizos, trechos de barro naranja recubiertos de huellas endurecidas. Las punzadas de las piedras en las plantas de los pies y la humedad en el cuerpo son la constante de los tramos que parecen no tener fin.

Guiados por niños, mujeres y campesinos capaces de mantenerse firmes y sonrientes, siempre me descubro a mí misma o a mis compañeros descansando la mirada donde termina el horizonte o tomando aire bajo la copa de un árbol. Nuestros guías, en cambio, los destinatarios de los libros, siempre ven más allá; nosotros nos rendimos ante la imponencia del río Cauca, la sabia geometría de las montañas, la sinuosidad del río Magdalena o la hermosa nostalgia de la carrilera de los trenes desaparecidos.

Si hay una cosa que puede compensar el estar lejos de la familia, los amigos, la pareja, abandonar la ciudad y la casa, es verse y sentirse libre frente al paisaje. Sobre esas cordilleras trabajan maestros que guiados por la vocación perseveran travesías admirables, héroes anónimos que suelen dormir en los mismos centros educativos donde trabajan. Salones en los que deben ingeniarse metodologías para dictar clases a estudiantes de quinto de primaria, al mismo tiempo que a los niños de preescolar.

Cada dos años Secretos para Contar produce, edita y entrega una nueva colección de libros por familia, dos años dándoles la vuelta a los 125 municipios de Antioquia sólo para transmitir el placer de leer las historias de otros que en el fondo son un espejo de las propias. Cada semana en algún municipio decenas de familias de diferentes veredas esperan nuestra visita. Desde 2004 la fundación ha llegado a más de 2’400.000 habitantes del campo colombiano, unas 206.000 familias que reúnen la diversidad de la idiosincrasia antioqueña tan diversa, en algunos casos arraigada y obstinada, en otros, sencilla, pero siempre conmovedora. Recorrer Antioquia, fotografiarla o experimentarla a través de su gente, de sus caminos, es ver en ella un libro para interpretar.

@carolinachavate

Por Carolina Chavarría Olarte

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