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El laberinto de Tahrir en las urnas

Miles de egipcios votarán buscando dar continuidad a la revolución que estalló hace 15 meses.

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“Egipto experimenta una extraña mezcla de esperanza y preocupación”. Así resume Ayman Fareh, un cairota experto en comunicaciones, el ambiente que se vive hoy en ese país, 15 meses después de las revueltas que terminaron con los 30 años del gobierno de Hosni Mubarak y antes de la cita en las urnas para elegir a su nuevo presidente.

Este hecho histórico, cuya primera vuelta comienza hoy y se extiende hasta mañana, se da luego de una campaña dominada por los islamistas y candidatos pertenecientes al antiguo régimen. Imposible no preguntarse qué queda hoy de esos días en que el sueño de un nuevo Egipto resistía al frío y al agotamiento en el ágora de la plaza Tahrir, epicentro de la Primavera Árabe. Qué queda de la convicción de esos hombres, mujeres, ciudadanos de a pie que conmovieron al mundo entero. Qué queda de los líderes civiles que se comprometieron a trabajar unidos, reformistas y conservadores, coptos y musulmanes, por un cambio radical en el corrupto historial de la realidad política de su país.

Recuerdo que justo después de la caída de Mubarak, la bloguera Asmaa Mahfuz, quien fue la primera en convocar a las manifestaciones a través de un video que subió a la red, me dijo aferrada a su teléfono móvil, con el que mantiene en la red el llamado “a la dignidad egipcia” que, “el cambio en Egipto no tenía reversa”. Sin embargo, esta mujer de 26 años, premio Sajarov de la Paz 2011 —el más importante reconocimiento que da el Parlamento Europeo—, está siendo investigada por “cargos de difamación a los gobernantes militares de Egipto” y “por llamados a la violencia” en una entrevista que concedió a la televisión. Más desconcertante aún es que el movimiento de los “jóvenes de la revolución”, que iniciaron la revuelta no tiene candidato propio porque sus líderes se dispersaron entre los diversos nombres de la pugna electoral.

Pero Asmaa y sus amigos, los mismos que conocimos en un café internet donde se reúnen para difundir sus reivindicaciones políticas, así como las decenas de egipcios que conocimos en estos meses de seguimiento a la realidad del país, se aferran a la idea de que lo iniciado en febrero de 2011 cambió el rumbo de la historia de una nación estratégica para la región y la paz del mundo y están seguros de que “estas elecciones van a demostrarlo”.

Abdulah, de 23 años, asegura que ha estudiado con enorme atención a los 12 candidatos que aspiran a la presidencia. Sabe que su decisión, así como la de millones de egipcios, es crucial para continuar con el cambio. Y es que el país está en medio de un laberinto político en el que la mayoría de sus protagonistas, cualquiera que sea la tendencia ideológica, coinciden en que el fin del gobierno de Mubarak fue sólo el principio. “No hay ni orden, ni Estado, pero hay esperanza”, dice Abdulah.

“Egipto es hoy mejor que bajo la saga Mubarak, pues si no hay orden, por lo menos hay esperanza”, asegura Ayman Fareh, quien además asesoró a numerosos medios en el cubrimiento de las revueltas. Sin embargo, cada paso por El Cairo en estos 15 meses de caótica transición, permitía ver cómo el aprendizaje democrático en Egipto se desarrollaba en una especie de montaña rusa emocional. A los sentimientos iniciales de ese orgullo nacional que se respiraba desde que se aterrizaba en suelo egipcio, siguieron momentos de incertidumbre y frustración, para darles paso a meses de violentos episodios alimentados por oscuros intereses.

Justo un mes después de la caída del rais, cuando cientos de periodistas llegamos a seguir las elecciones legislativas, en las que vencieron los islamistas y los reformistas prendieron las alarmas, prácticas como la corrupción, la desconfianza, la censura y las trabas a la prensa seguían tan vigentes como si Hosni Mubarak jamás se hubiera ido. Sin embargo, el triunfo del “sí” en el referendo popular a la declaración constitucional redactada por los militares marcó uno de los momentos mas esperanzadores de este largo camino. “El miedo a hablar se había ido y ser egipcio tenía un sentido”, dice Salah, quien permaneció casi los 18 días de revueltas en la plaza Tahrir.

En medio de la fiesta, pocos imaginaron que el país entraba en el período más caótico de su reciente revolución, con tres gabinetes de transición y cientos de modificaciones menores que ni los propios egipcios, ciudadanos de a pie, lograban entender. La caótica realidad política contrastaba con las escenas urbanas: los egipcios querían tomarse fotos con sus militares que, al nivel mas raso, se esforzaban en comportarse a la altura del título de héroes de la patria que se ganaron por haber apoyado las revueltas y haberse puesto del lado del pueblo.

Pero al mismo tiempo crecían las preocupaciones por la economía: la vida diaria comenzaba a hacerse más dura con la ausencia de turismo, primera fuente económica del país, y la falta de empleos. La junta militar con sus mensajes confusos parecía querer echar raíces para quedarse en el poder. Las heridas y la desconfianza arraigadas en tres décadas de represión no sanaron. La corrupción y la violencia heredadas del régimen amenazaban constantemente la posibilidad de libertad y cambio.

Jamal Hassanein, empresario turístico de la capital egipcia, está esperanzado en las elecciones, pero no olvida el camino para llegar a ellas. “Los egipcios vamos a las urnas después de haber tenido que regresar repetidamente a la plaza Tahrir para exigirle a la Junta Militar su compromiso de respetar la voz de una mayoría. Ha sido a punta de nuevas revueltas que logramos la renuncia del premier nombrado por Mubarak, el enjuiciamiento del autócrata y sus hijos Gamal y Alaa, la retirada de los principios constitucionales que blindaban los privilegios de los uniformados”.

Hasan, estudiante de ciencias políticas, respalda al empresario. “También ha sido a punta de manifestaciones que logramos adelantar el calendario de la devolución del poder a las autoridades civiles, el próximo 1º de julio”. Al votar los egipcios rendirán hoy homenaje a los mártires de esta revolución. “No hay un día que no piense en ellos”, dice Ayman, quien además señala que en las urnas todos recordarán a esa veintena de personas que justo después de las revueltas fallecieron en enfrentamientos entre musulmanes y cristianos. Los egipcios que intentan guardar la esperanza, como Salah, recuerdan los días más aciagos que han vivido. Como en septiembre, cuando decenas de personas intentaron asaltar la Embajada de Israel. O en octubre, cuando los militares, héroes iniciales de la revolución, transformaron una marcha pacífica de coptos en un derrame de sangre con 25 fallecidos.

El 2012 el mundo vio con tristeza cómo la violencia parecía desbordarse. El juicio a los protagonistas de la revolución por tribunales castrenses se convirtió en una batalla campal y, a principios de febrero, el enfrentamiento entre hinchas de fútbol en el estadio de Port Said, que causó más de 70 de muertos, condenó a Tahrir otra vez más a la asfixia de los gases lacrimógenos.

Al caos se sumó la incredulidad. Para muchos egipcios, el juicio de Mubarak, supuestamente moribundo, ha sido una farsa. Hace unos meses Nasrina, una joven egipcia que trabaja como guía turística, me decía mirando la pirámide de Keops, “después de las pirámides, los egipcios habíamos sido incapaces de construir algo grandioso, algo que se inscribiera en la historia; con la revolución lo hicimos de nuevo”.

La ambición de Nasrina y la esperanza de Salah, Ayman y de tantos otros egipcios que conocimos durante este año están por demostrarse hoy y mañana. En Egipto la libertad y la democracia, por ahora, parece una tarea faraónica.

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¿Fe en las elecciones?

En el corazón de estas elecciones está en juego el modelo de Estado y la separación entre religión y política. Egipto es un país árabe conservador, que en su última Constitución estipulaba que el islam es la religión del Estado y los principios de la sharia (ley islámica) son la fuente principal de legislación. La aplicación de esta Carta Magna, del año 1971, quedó suspendida con el fin del régimen Mubarak. “Los islamistas manejan Turquía y han sido respetuosos de la democracia y la libertad. Si ganan en Egipto, como sucedió en Túnez, el mundo debe darles una oportunidad”, reivindica Ayman Fareh. “Este grupo fue satanizado por Mubarak y sus intereses políticos”, dice Fareh. Por el contrario, para Salah “una clara separación entre la religión y la política sería un paso adelante en la conquista de libertad egipcia”. Temas como los derechos de las mujeres y de las minorías o las relaciones con Israel, las cuales Mubarak logró temperar, hacen que expertos miren estas elecciones con enorme expectativa.

Elecciones en Egipto (ver gráfico)

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