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El monopolio del poder esteriliza la democracia, cierra las posibilidades de existencia de una verdadera oposición dentro del sistema y fomenta la corrupción.
Unos acuerdos celebrados para mantenerse en el poder desde 1957 no pueden sino haber marcado el camino hacia una combinación de estabilidad excluyente y división social ostensible, que deja por fuera importantes sectores de la sociedad mientras mantiene la apariencia de democracia; de manera que el progreso económico conseguido, que no es poco, ha ido a parar en manos de los mismos de siempre. Esa es la lección del proceso político malayo, dominado desde el cese del dominio británico por el llamado Frente Nacional.
Las elecciones generales celebradas el último fin de semana en Malasia lograron mantener en el poder a los políticos y a los grupos tradicionales. Así, los intereses de los malayos y musulmanes vuelven a quedar cobijados por el manto de la institucionalidad. Una vez más quedan por fuera los de siempre: los chinos y los indios principalmente, que siguen, lo mismo que otros sectores sociales, sin romper un monopolio del poder que lleva más de medio siglo y les ha permitido escasos espacios dentro del espectro político.
Najib Razak, hijo del segundo primer ministro de la nueva era, y sobrino del tercero, ha conseguido a sus cincuenta y nueve años mantenerse en el poder. Desde allí obrará como garante de la estabilidad de un sistema nacido en el momento mismo de la terminación del dominio británico, que se ha caracterizado por una agresiva política de desarrollo económico, bajo el modelo ortodoxo del capitalismo, con resultados de crecimiento que ubican al país como uno de los más exitosos, otra vez a la luz de ese modelo, dentro de las naciones asiáticas.
La tradición del Frente Nacional, como se denomina la coalición que ha gobernado al país a lo largo de las últimas cinco décadas, al tiempo que ha tenido éxito en las cifras de crecimiento económico sostenido, ha configurado un escenario propicio para una desigualdad social que no encuentra fácilmente caminos de acción política para hacer valer sus intereses. Como suele suceder en los sistemas abiertos en el papel y cerrados en la realidad, solamente un antiguo miembro de la dirigencia tradicional, ahora expulsado de ese grupo, ha podido venir a configurar un intento serio de oposición que, al ser derrotado en los comicios, ha salido a denunciar la existencia de fraude, tal vez sobre la base de su conocimiento profundo sobre la manera en la que funcionan allí los hilos del poder.
Anwar Ibrahim, ahora jefe de la oposición, fue a dar allí luego de haber sido expulsado del seno del poder, donde ocupaba el cargo de viceprimer ministro bajo el mando del legendario Mahatir Mohammed, ahora octogenario, que a lo largo de más de dos décadas dominó abiertamente el escenario político del país y fue el impulsor de un proceso inatajable de modernización. Homofóbico y abiertamente antisemita, Mahatir fortaleció como nadie un modelo de ejercicio duro del poder conseguido en las urnas, con fundamentos tecnocráticos, acompañado de permanente beligerancia en defensa de causas nacionalistas, en favor de una especie de liberalismo islámico y en permanente acción en el panorama internacional.
La sombra de ese Frente Nacional seguirá cubriendo por un nuevo período la vida política de Malasia. Anwar Ibrahim, aunque ha encontrado en el descontento de ciertos sectores el caldo de cultivo para encabezar un intento serio de proponer una alternativa de poder, tiene por delante la tarea titánica de remontar medio siglo de consolidación de un sistema que, por sus características de control de los principales factores económicos, lo mismo que de los medios, no deja mayor espacio para el ejercicio de la oposición. El solo hecho de que haya pagado cárcel por las acusaciones de sodomía que le montaron para destituirlo, y que logró bien que mal desvirtuar, da una idea de los obstáculos que debe enfrentar.
Una curiosidad: Mahatir Mohammed, que para bien o para mal dejó marcado el camino de la política en su país, vino a Colombia a principios de este siglo y pasó desapercibido. Días antes de su visita, al inaugurar una reunión de jefes de Estado y de gobierno en Kuala Lumpur, había pronunciado el discurso más fuerte que un líder asiático se hubiese atrevido a proferir contra Occidente. Aquí nadie lo sabía. En el Congreso de Colombia le dieron una condecoración y le hicieron venias no más. Ninguno de los presentes pudo entablar con él siquiera una conversación. Lo que entonces celebraron fue su condición de liderazgo en un país poderoso en la producción de aceite de palma. Nadie pareció haber advertido coincidencias adicionales entre su país y el nuestro.