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La competencia en la banca colombiana

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La revolución digital ha sido especialmente pródiga para el sector financiero. El cajero automático ha desplazado a cientos de miles de empleados, las operaciones por internet han abaratado sustancialmente las transferencias, eliminado el uso del cheque y reducido los costos del sistema.

Hoy en día, la contabilidad de cada usuario se hace automáticamente, casi sin recurso al trabajo humano. Ha desaparecido también el uso de papel, así como los gastos de envío de los extractos bancarios, que se consultan por internet. Las evaluaciones de riesgo se han abaratado también, al contar con sistemas de vigilancia rigurosos sobre nuestro historial crediticio, de tal modo que se minimiza la posibilidad de mora en las obligaciones.

La práctica desaparición de la inflación en Colombia ha reducido el riesgo contenido en ella para los bancos; antes se justificaban márgenes de intermediación muy altos para enfrentar una inflación futura de monto incierto que carcomiera el valor de las deudas, perjudicando al intermediario financiero.

En una industria competitiva, tan enorme ahorro en los costos de operación y la reducción de riesgos se trasladaría a los usuarios, quienes disfrutarían de menores márgenes de intermediación (recibirían intereses más altos por sus depósitos y se les cobraría menos por los préstamos) y comisiones bajas o inexistentes por el uso de las cuentas. Asimismo, no existirían las comisiones por tarjetas de crédito y débito, mientras que el interés cobrado sólo reflejaría el costo por los depósitos y el bajo riesgo asumido por las entidades.

En cada uno de estos rubros, el negocio bancario se raja. El margen de intermediación real en 2012 fue de 7% con una inflación de 2,4%, no muy distinto al del año 2000, cuando la inflación era todavía del 8% anual. Es inaudito que a una persona pobre que tenga una cuenta de ahorros, que provee al banco de capital gratis, se le cobre una comisión de $9.300 mensuales, talonarios de $80.000 y hasta $4.600 por cada retiro . Claro que es mejor que guarden su dinero bajo el colchón o en DMG.

La tasa de interés de las tarjetas de crédito es del 31% anual, que está pegada a una tasa de usura, calculada arbitrariamente a favor de los intermediarios; además, cobran comisión a las tiendas por cada venta. Se entregan tarjetas sólo con la cédula para justificar después que la tasa de interés sea tan elevada porque… se aumentó el riesgo. A pesar de estos márgenes exorbitantes, los bancos demandan una “comisión anticipada” por el uso de la tarjeta de crédito de entre $20.000 y $40.000 mensuales.

Asobancaria argumenta que la industria es competitiva, pero sus propios datos la contradicen: en 1997 había 33 instituciones financieras y en 2012 quedaban 21; las tres más grandes concentran 48% de los activos, sin contar que el Grupo Aval controla cuatro grandes bancos, para no hablar de fondos de pensiones y de cesantías. El consuelo tonto es que otros países están peor que nosotros.

La gran concentración permite que los mayores jugadores sienten las pautas del negocio, obviamente a su favor. Los ciudadanos carecemos de suficiente representación, que es lo que, en últimas, permite que los banqueros desplieguen su poder para abusarnos. Frente a todas estas brechas de la competencia, ¿dónde está la regulación financiera que defienda al cliente?

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