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Conversaciones de fogón

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Corríjanme si acaso cometo un error al nominar la cocina como el principal espacio de mando en el hogar colombiano. Quien lleva la rienda del fogón es el único con poder de veto sobre el cronograma del día. ¿Cómo no dar tal autoridad a quien con sus manos está creando cultura, identidad e historia? En mi casa, esta batuta la lleva mamá: su recetario es una reliquia, la herencia que por tradición oral llevó a tres generaciones —o tal vez más— a construir tan majestuoso y único sazón boyacense con el cual lograron, por ejemplo, el perfeccionamiento del glorioso sabajón.

Siempre he considerado la comida un tema digno de revuelta y revolución. En ella se desafían los límites del propio paladar, es una experiencia libertadora, y no es para menos, pues la mujer como fuerza de mando en Latinoamérica emergió de un fogón. En comunidades matriarcales como la nuestra, la cocina ha sido una trinchera. Desde allí la mujer se construye —y deconstruye— cada día para ser el eje central de la familia; qué digo yo de la familia, de la sociedad. Lejos de tener intención de crear controversias de género, sería poco ético no dar valor a este espacio donde nosotras, todas por igual, nos levantamos como pilar de la sociedad. La cocina es el camino por medio del cual podemos alimentar a la humanidad.

Cocinar llega a ser más que un verbo o una palabra romántica —como hasta el momento la he abordado—, en la historia se ha hecho un instrumento de poder. Recordemos al emperador Domiciano, quien acudió al Senado en Roma para así tratar una de las cuestiones gastronómicas más politizadas de todos los tiempos: cómo preparar un excepcional rodaballo de la costa italiana. Uno de los pilares de la civilización occidental anticipó el caos que puede generar la improvisación en la cocina y las desgarradoras consecuencias que comensales insatisfechos pueden provocar en el mundo.

La comida puede resolver problemas que de labios para fuera no es posible tratar por el corazón, la política o las palabras. Es por esto que aquí expongo la necesidad de resignificar el espacio del fogón: construyamos nuevas dinámicas y relaciones en torno a él, aprovechemos su potencial y, sobre todo, explotemos su magia.

Wen Hernández, Bogotá.

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