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Fui tan ingenuo que por muchos años creí que la felicidad era algo dado, mágico, surgido de una luz divina y de unas tablas escritas por algún dios omnisciente, y sobre todo, creí que había una felicidad. Una, inmodificable y universal, atemporal y plena. Sin embargo, según fueron pasando los tiempos, y las conversaciones, y los textos, y las lecturas y la escritura, fui comprendiendo que cada época ha tenido su idea de felicidad. Cada época y cada lugar, y para citar a Nietzsche, “todo es humano, demasiado humano”, cada persona, más allá de que haya sido o no consciente de ello. Por lo mismo, por aquello de que todo es demasiado humano, también he ido entendiendo que siempre ha habido alguien, algunos, que han decidido, manejado y difundido el concepto de felicidad de acuerdo con sus intereses y conveniencias.
Si antes, muchos siglos atrás, lo manejaban los cultores y difusores de la fe, y después lo manejaron los de los nacionalismos, las razas, los países y las banderas, desde varias décadas atrás se lo apropiaron los devotos del capital, que lograron, incluso, hacer de la fe y de las naciones un capital. Poco a poco, negocio tras negocio, y después, máquina tras máquina, y luego, medición tras medición, y más tarde, hoy, algoritmo tras algoritmo, nos fueron vendiendo su idea de felicidad, que era, fue y es tener. “Amigo cuánto tienes, cuánto vales”, como escribía Jorge Villamil. Vivimos para tener, y por tener vamos a la escuela y a la universidad y acumulamos títulos y aspiramos a cargos y formamos familias, y por tener elegimos como parejas o como amigos a quienes nos dan lustre, pues el lustre nos llevará a tener más.
Por tener trabajamos, quitándole al trabajo la pasión por hacer, y por tener nos especializamos, desechando la sabiduría en aras de la producción, y por tener competimos, y por tener eliminamos al otro, pues por tener cualquier otro es una amenaza, y por tener hipotecamos de por vida nuestro pensamiento, nuestro criterio e incluso nuestro gusto y nuestra manera de vestirnos y caminar, y por tener premios y distinciones y dinero, obvio, mucho dinero, escribimos, y por tener le vendemos nuestro tiempo a un jefe, que a su vez se lo vende a su jefe, y por tener sacrificamos nuestra libertad, creyendo que la libertad es tener para poder hacer lo que queramos con lo que tenemos. Por tener matamos y nos inventamos guerras, siempre con una justificación altruista, y por tener jamás nos dimos cuenta de que lo único que no teníamos era nuestra propia y única felicidad.