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Un domingo cualquiera

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Un domingo cualquiera, en ese extraño momento en que la tarde se abraza con la noche, cualquier cosa puede suceder. Esas dos horas, sin ir muy lejos, pueden ser lo más parecido a un año bisiesto, como el actual. Una cita aplazada que se concreta, una llamada inesperada, o un mensaje de texto, en los cuales se mezclan situaciones atípicas con una buena dosis de humor negro, pueden convertirse en la puerta hacia una dimensión desconocida. Súmele un muy reconocido escritor, ahora dramaturgo, que en estos tiempos de pandemia decide hacer su primera obra virtual que, además, es interactiva. Del otro lado de la pantalla, y en primera fila, el espectador podrá escoger cualquiera de los tres finales sugeridos, o los tres, si así lo desea.

Imagínese ahora usted a Sergio, un publicista solterón de treinta y algo de años, que va a encontrarse con Helena, casada y con dos hijos, que han sido el amor de sus vidas, que saben bien que no van a estar juntos, pero que están destinados a no dejar de verse. Incluso en citas clandestinas como esta, cuando ella lo llama luego de algún tiempo, para reunirse en el apartamento de una amiga de ella que está de viaje. Entonces, sucede algo propio de un domingo a las 6:00 pm: luego de conversar un rato ambos se recuestan en el sofá de la sala y, ella, cual bella durmiente, no atenderá los llamados angustiados de su Príncipe de bluyín Azul para despertarla. Helena duerme… “¡¡¡Despierta Helena!!!”. Esto será Troya, al final de la tarde de un domingo cualquiera en la Atenas Suramericana.

Ricardo Silva Romero, el conocido escritor y columnista, es el autor de lo que él mismo ha denominado como un teledrama, al parecer un punto intermedio entre una obra de teatro y una película. Contó con la complicidad, en la vida y en el arte, de Carolina López, su esposa, para que se materializara. Su proceso de incubación se dio al comienzo de la cuarentena, alrededor de los seguidores de Silva Romero en la red 603 de La Gran Vía. Luego del éxito de la lectura virtual de su libro La historia oficial del amor, el autor decidió trasladar al papel la idea que venían rumiando con su esposa, para que se pudiera montar y presentar virtualmente en un corto plazo.

Lo logró y de qué manera. Con la producción de María Riaño y la dirección de Miguel Vila, Domingo, teledrama en seis actos y tres finales se estrenó el fin de semana pasado y continuará en ¿cartelera? Hasta el seis de diciembre. Cuenta Silva Romero que la obra fue concebida para un solo acto, pero Productora y Director la sometieron a disección para hacerla mucho más grata. Estaban en lo cierto.

La producción es excelente. El elenco, que no hizo casting, inmejorable. Desde el primer momento los nombres de los once personajes ya habían ido en busca de actor. Sergio: Carlos Manuel Vesga; Catalina: Jimena Durán; Beto: Santiago Alarcón; Helena: Paula Estrada; Francisca (Pacha): Silvia Varón; Malú: Diana Ángel; Jeremías: Jairo Camargo; Carmenza: Patricia Tamayo, Nicolás: Rodrigo Candamil; Mariano: Ernesto Benjumea, y Verónica, la mamá: Carmenza Gómez.

Sergio, en su desespero ante la durmiente Helena, llama desde su celular a la abogada Catalina, su amiga y alguna vez amante, para que lo ayude. En adelante se dará inicio a una serie de llamadas, mensajes de texto, mensajes de voz, que, dentro de una muy bien calibrada filigrana, va encadenando a todos los personajes de la obra. Cada uno con su propio mundo. Con su propio drama. Cada uno de ellos, personajes y dramas, le recuerdan a los habitantes del 603 de la Gran Vía lo que sucede en Como perderlo todo, otra de las exitosas novelas de Silva Romero.

En los diálogos del teledrama, como los que hay en sus libros, el autor suelta una gran cantidad de frases memorables, a las que uno quisiera pasarles el resaltador amarillo. “Catalina: Ay, Dios, que se acabe ya mismo este puto día… estos domingos tienen 28 horas…”; “Sergio: Yo es que siento que nadie se toma en serio a nadie hasta cuando muere… Francisca: Por eso es que uno se la pasa pensando en matarse… Sergio: Yo es que ya crucé la línea de la época suicida a la época de la vida en la que uno prefiere seguir porque parece lo menos peor…”; “Sergio: Yo siempre he pensado que la mujer que cambia a un hombre por otra mujer pasa de una mascota a una persona… Francisca: Es que tú no entiendes nada…”; “Carmenza: El amor le huele a uno el miedo… Jeremías: Y hay que vivir distraído si uno quiere vivir…”; “Malú: ¿Ni un momentico en la cámara?, Francisca: Mejor no… pero gracias por este acto de memoria y justicia… Malú: Y, cuando tú quieras, sólo cuando tú quieras, sin afanes ni tonterías, habrá reparación…”; «Sergio: (…) y, como yo le advertí a Diana y ella misma me dijo “pues entonces somos el uno para la otra porque el plan de los dos es acompañarnos para no enloquecernos en el fin del domingo”; «Catalina: ¿Pero “acostarse” significa qué en este caso…? Sergio: Pues acostarse… echarse ahí en el sofá… acomodarse como una pareja… Catalina: De deprimidos de domingo… Sergio: De enamorados que sólo descansan cuando están juntos…»; Y, una última, que perfila de manera impecable al personaje que la pronuncia, como si fuera una confesión arquetipal junguiana: “Yo he hecho todo lo que he hecho porque me pusieron a ser esta persona y esta persona es esto y nada más…”.

Baja el telón y continúa la vida de un domingo cualquiera, en ese momento en que la entrada de la noche le recuerda a uno que la virtualidad, de este funesto año bisiesto y pandémico, no ha terminado. Al menos, no por ahora.

Por José Luis Ramírez León

Abogado, analista internacional, profesor, periodista y diplomático. Colabora con varios medios de comunicación, nacionales e internacionales, así como diversos pódcast. Fue asesor del secretario general de la OEA y secretario general de la CAF.
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