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Como van las cosas, las elecciones de 2022 volverán a tener un ganador indiscutible: el candidato del uribismo, pero peor que Duque. ¿Carlos Holmes Trujillo? ¿María del Rosario Guerra? ¿María Fernanda Cabal? ¿Germán Vargas Lleras?
Sergio Fajardo e Iván Marulanda ya dijeron que no se miden con Petro. Y Ángela María Robledo, la candidata a la Vicepresidencia cuando el exalcalde quiso llegar a la Casa de Nariño, está tentada a volver al Partido Verde porque, según ella, en la Colombia Humana no hay espacio para sus ambiciones y, además, la maltrataron cuando decidió apoyar a Claudia López y no a Hollman Morris.
Marulanda repite con Fajardo la oración del día: Petro es extremista y nos daña la conquista del centro. ¿De cuál centro? ¿Del Centro Democrático? Y se le ocurrió la formula de convertir la primera vuelta presidencial en una especie de primarias, dentro de los sectores opositores al uribismo, para ver quién saca más votos. Después de eso, sí apoyarían al ganador.
Mientras, se recrudece la acción criminal contra Colombia Humana. La minga no sólo fue un ejemplo de protesta pacífica y organizada, sino muestra fehaciente del desprecio que siente el gobierno de Duque por el movimiento social. De acuerdo con el portal La Silla Vacía, 46 dirigentes de las comunidades indígenas han sido asesinados desde el inicio de la actual administración.
Sin embargo, sigue esa especie de patria boba en los sectores alternativos. En una época, la unidad era imposible por las militancias internacionales: los prosoviéticos no se podían ver con los prochinos y, a su vez, la guerrilla dirimía sus diferencias internas a bala. Ni la violencia, ni el exterminio de la Unión Patriótica, ni la evidencia clara de la acción asesina de un sector siniestro de la clase dirigente, en alianza con narcos, paramilitares, y miembros de las Fuerzas Armadas, han disuadido a ciertos dirigentes de que la unidad es la clave para contrarrestar esa ofensiva sangrienta que parece no tener fin. Ya no es La Habana o Moscú, o las concepciones de Estado o la “caracterización del modelo capitalista colombiano” lo que divide. Es algo más terrenal: la ambición (desmedida) de poder. El protagonismo.
La Alianza Democrática M-19 fue un terreno interesante de unidad. Al igual que, después, el Polo Democrático. Es casi un milagro que en 2018 el movimiento que lideró Petro hubiera obtenido la votación más grande en toda la historia de la izquierda, después de semejante tarea de exterminio de líderes cívicos y populares a lo largo y ancho de más de 35 años.
Pero la franja alternativa sigue en las mismas. Ni siquiera podría decir que le falta enfrentar la dura experiencia de una dictadura para entender de verdad el valor de la libertad y la democracia, porque en Colombia se han vivido, con la fachada democrática, cosas peores de las cometidas en Argentina o Chile, durante la horrible noche de Videla o Pinochet.
De golpe, falta más sinceridad: que los fajardos y los marulandas aclaren, de verdad, para dónde van, qué quieren y si su objetivo de conquistar la Presidencia pasa por pisotear las legítimas aspiraciones de un amplio sector de la sociedad que de verdad quiere un cambio, pero no superficial, de caras, sino de fondo.
¿La negativa a transar con Petro se debe a que él representa a una opción “extremista”, o más bien a que él puede estropear los sueños presidenciales de los llamados “tibios”? ¿Pueden más la antipatías personales que la necesidad de superar la violencia y consolidar la paz?
Llevamos 60 años aguantando este chaparrón de ignominia. Cada gobierno es más oprobioso que el anterior. Y, al mismo tiempo, fracasaron la combinación de todas las formas de lucha, el foco guerrillero y el asalto armado al poder. Lo único que la sociedad colombiana ha podido atesorar, en medio de tanto plomo, es una voluntad incansable de paz. La guerrilla más antigua del hemisferio occidental, las Farc, se desmovilizó gracias a un proceso exitoso, con unos puntos muy concretos y unos mecanismos que se negociaron, después de largas discusiones de casi un lustro, en La Habana. Es una agenda inconclusa, porque Duque se dedicó a torpedearla y, si puede, destruirla.
Es claro que hay profunda inconformidad y hambre, ahora más que nunca por los devastadores efectos de la pandemia. Es palmaria la necesidad de una honda reforma social, política y económica. Las protestas lo han expresado a los cuatro vientos, en todos los tonos posibles, en las ciudades grandes y pequeñas, y en las zonas agrarias.
Si siguen estas rencillas de egoísmo y mezquindad, mientras continúan las masacres y los asesinatos selectivos, y la extrema derecha nada a sus anchas en un mar de impunidad, habrá que ver, con frustración y rabia, otros cuatro años perdidos para la transformación del país. Si eso pasa en 2022, no creo que el asunto sea de ideas: es un sabotaje premeditado a la esperanza.