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Una serie de trinos. En días recientes vi a un varón en Twitter expresando las impresiones lujuriosas que sostiene hacia su hijastra de doce años. Otro varón respondió, entusiasta, alentando ese gusto, compartiéndolo, exhortándolo. Clic – la cuenta de éste otro una colección de imágenes de niñas, pequeñas niñas exhibidas desde y para una inconcebible lujuria masculina. Comentarios explícitos. La náusea. Denunciar las cuentas, denunciar los trinos. De dónde extrajo esas imágenes. Los varones pactaron una comunicación interna. El vertiginoso prospecto de lo que puede hervir allí disparó una inquietud que me roza de manera recurrente: los modos en que se exhiben hijos e hijas en las redes.
Cobrar consciencia de la pedofilia virtual de una manera tan repentinamente exacta, prever todos sus recovecos inimaginables, toda la sórdida configuración que eso entraña, renovó una inquietud que me ronda. Es probable que esa agitación se haya acentuado cuando mi generación y la mayoría de las personas con las que vine al mundo y con las que fui socializada empezaron sucesivamente a procrearse. Tendría que esclarecer prontamente que yo no soy madre. Que mi zozobra es teórica y que no se efectúa, por ende, desde la experiencia sino desde el análisis. Pero el escozor viene agitándose desde hace unos años. Ese leve pavor al observar cómo muchas figuras públicas y celebridades despliegan, exhiben, muestran a sus hijos en el amplio espectro que son las plataformas digitales contemporáneas.
Una sobreexposición persistente. Cada periodo de progresión. Registros de postales íntimas, sucesos domésticos. Cada acontecimiento en ese crecimiento veloz que son los estadios en expansión de una criatura pequeña. Figuras reconocidas idean un numeral, un hashtag para sus pequeños hijos o hijas. Múltiples instantes vitales capturados en cámara. A veces son niñas pequeñas, en escenarios tropicales, o en la potestad de sus casas, llevando vestidos, disfraces. Bailan, ríen, son. La máquina colosal de la data va acumulando informaciones, cifras, detalles.
Con esa incorporación de la crianza a las actuaciones digitales, con todo ese despliegue del marco íntimo, he pensado con frecuencia en la mercantilización de los propios hijos. No porque desplegarlos, compartir bellas instantáneas, o capturarlos en momentos adorables –como innumerables padres orgullosos y elevados por ese amor rotundo e inefable que sienten suelen hacer– sea en sí mismo problemático. Son las connotaciones en un contexto determinado.
Como si los hijos, como si tenerlos, criarlos, mostrarlos, incluirlos, vestirlos, desplegarlos, fuese parte de otros gestos publicitarios en la figuración pública de ciertos personajes. En la era de la influencia digital, con todas las maneras en que ésta se ha diversificado, muchas figuras celebradas y seguidas ejercen actividades que buscan encender la añoranza en la audiencia, ante un cierto tipo de vida, un modo de vivir, un esquema de consumo, un forma de presentarse al mundo. El yo como imagen, el ser que se representa a través de lo que consume. Tiempo hace ya que el capitalismo mercantil y el neoliberalismo estetizado comprendieron lo que eso podía implicar para artilugios publicitarios que correspondan al consumismo hiperbólico visual de nuestro momento. Consumir, facturar.
A veces eso conduce incluso a autoproclamaciones problemáticas. Donde se forja una narrativa que lanza información sobre alimentación infantil, procesos de embarazos, asuntos médicos, experticias científicas. La celebridad se diluye, se confunde por momentos con la promesa del conocimiento. El filme de Woody Allen Celebrity explicaba con simpleza que las celebridades son lo que cualquier sociedad escoge justamente celebrar. En ellas está el destello de encumbrado y lo extraordinario. Asimismo, en ellas palpita el subtexto publicitario, la exhibición constante, esas formas con las que estamos profundamente familiarizados y que acarrean ciertas dinámicas. De eso se ha hablado ampliamente: las ambivalencias en el orden de influencias que ha forjado la dinámica digital.
La mercantilización de los hijos parecería ser una vertiente más en esa forma de ejercer la influencia y la celebridad, haciendo de la crianza otro componente que, integrado, funciona en aras de atraer notoriedad, de desplegar cierta estética del vivir, magnetizar marcas, jugar cierto rol social. Todo en ello, en la lógica de la celebridad hiperconectada, es comprensible y respetable. Pero hay algo inquietante en la muestra incesante de niños y niñas que no están eligiendo figurar en las pantallas o en el dominio virtual. Es problemático si además es una figuración puesta al servicio de las vanidades adultas.
Detrás de lo que es una práctica común puede leerse la tensión entre el derecho que tienen los padres de publicar lo que consideren de sus hijos y el derecho que tienen éstos, niños y niñas, de existir en privacidad. Porque lo cierto es que estos niños y niñas no tienen agencia sobre su figuración virtual. No están eligiendo o consintiendo sus apariciones. No pretendo trazar brochazos que generalicen sin considerar los matices y las posibilidades más variadas, pero con frecuencia se insiste en tratar a los más pequeños con cierta condescendencia, desde el paternalismo patriarcal que sustenta nuestro suelo. Un niño o niña de cuatro años, psicológicamente, está desarrollando su sentido de yo y puede estar forjando nociones de sí. Teóricas sugieren sembrar desde entonces una conversación que les informe sobre lo que implica esa figuración virtual. ¿Cómo participan en ese proceso de apariciones digitales? ¿Van esculpiendo una agencia en esa exposición que escogen darles sus padres?
Las estadísticas y los reportes recientes permiten recurrir a lo fáctico para considerar las preguntas que en estas líneas también hacen. El Children’s Online Privacy Protection Act sigue encontrando puntos de escape donde aparecen nuevas amenazas hacia la integridad. El desbordamiento de información, el descontrol de data, los puntos de fuga que la tecnología nos está demostrando, han hecho que varias organizaciones de este tipo señalen el aumento de estadísticas alarmantes en estos últimos años, alrededor del riesgo que corren niños y niñas al ser expuestos a las redes digitales. Depredación pedófila en YouTube. El uso impredecible y fraudulento de identidades.
La pedofilia virtual existe. Es un monstruo escabroso, espeluznante, que está allí, en los contornos de los algoritmos, en las informaciones que se comparten de la manera más incauta sobre los niños. Sostendría que es altamente probable que muchos padres no dimensionen cómo pueden ser oscuramente distorsionadas sus prácticas digitales cuando figuran sus niños y niñas. Las redes son ambivalentes, también pueden ser una forma de tender redes de cuidado feminista, tan necesarias para ejercer maternidades libres, y también puede ser una fuente de sustento parental.
Pensaría, sobre todo, en que fuese esta una reflexión que busque proteger a niños y niñas. Además de considerar los espectros de una pedofilia acechante, valdría la pena añadir algunas preguntas. ¿Qué están aprendiendo estos niños y niñas sobre la figuración virtual? ¿Debe ser célebre el hijo o hija de una celebridad? Asuntos sobre la autonomía, la agencia, lo público y lo privado palpitan allí. ¿Qué formas están aprendiendo alrededor de su propia identidad? ¿La imagen acaparará cómo se entienden a sí? El monitoreo, el saber que están siendo retratados, captados en cámara, ¿cómo afecta su subjetividad, lo que valoran, la forma en que están sembrando individualidad? Que en el radar reflexivo esté también proteger a niños y niñas de esa máquina cuyas ambivalencias y desbordes representan coletazos, puntos ciegos, lagunas de sombras que no siempre permiten observar lo que puede materializarse en la exposición virtual.