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La noche se había hecho demasiado larga. Octavio Muñoz, sentado frente a ella en el sillón de la sala de la casa, miraba los ojos preocupados de su mamá, que no entendía por qué Sebastián, su otro hijo, se demoraba tanto para llegar a casa. Se acercaba la medianoche y era un día de 2010. Entonces tendría nueve años cuando el repiqueteo en la puerta de metal rompió la incertidumbre por el hijo ausente. Al otro lado del marco estaba el mejor amigo, que soltó una frase que heló por completo el cuarto: “Doña Carmen, a Sebastián lo arrolló un carro”.
La sorpresa los dejó en puntas de pie a ambos y el corazón de Octavio se quebró en segundos. No entendía nada y su respuesta fue el llanto. Su mamá voló para agarrar un taxi, mientras él, al cuidado de una amiga, se apagó en sus propias lágrimas, anestesiado por un dolor que horas antes le habría sido inconcebible.
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Esa madrugada, cuando por fin el sueño fue la tregua de la tristeza, seguramente Octavio Muñoz vio límpido el rostro de su hermano. Dormido entre las alucinaciones del dolor repentino, escuchó en su voz los consejos que le recitaba día a día. Sebastián era su mundo.
Cuatro años atrás, Octavio Muñoz tenía cinco la primera vez que tocó una pelota de baloncesto. Lo hizo por admiración a Sebastián, pues su hermano “la rompía jugando básquet”. Era increíble, dice, “iba a ser uno de los mejores jugadores de Colombia”. Su visión de juego, su movimiento de pies, la manera en la que movía la pelota con las manos y cómo la pasaba por detrás de la espalda. Daba pases que solo él veía y era muy atlético. Tanto que, pasados los 10, ya volcaba la pelota en el aro. Es más bajito que Octavio, que hoy mide 1,80, pero siempre fue más portentoso.
Fue esa imagen la que inspiró los años párvulos de Octavio Muñoz, que enfocó por primera vez un tablero soñando, tal vez, llegar a ser tan bueno como su hermano. Llegó, e hizo todo el proceso de las juveniles, pasó por la selección de Colombia en todas sus categorías y hoy en día es uno de los mejores jugadores de la Liga de Baloncesto Profesional.
En este semestre con Cafeteros aspira al título. En la fase de las conferencias se llevaron la cima de su grupo. Seguramente, será el rival a vencer de Titanes de Barranquilla, el otro gran favorito. Octavio Muñoz, el Emperatore, el apodo que le pusieron por el romano Octavio Augusto, vive uno de sus momentos más dulces. Pasó lo que predijo el que se dio cuenta que era un diamante en bruto: su hermano.
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Era férreo, certero y duro. Lo entrenaba para que afinara el tiro y agarrara cancha. Lo exigía al límite. A un nivel que a veces se excedía con los gritos y los regaños. Octavio, entre la admiración y la frustración, lloraba con los correctivos de su héroe. Era porque Sebastián que veía en el pequeño, ocho años menor que él, un espejo, una futura estrella.
Entrenaban en Envigado, en una cancha del barrio Oasis que quedaba en toda la loma. Tan alto que las calles del borde parecían más bien precipicios. Y una vez Sebastián se enfadó tanto, y gritó tan feo al menor de la casa, que Octavio salió corriendo desesperado las calles de la pendiente sin ver los buses que bajaban la cuesta a toda velocidad. Atónito y desesperado, su hermano comprendió esa tarde que sus regaños estaban llegando demasiado lejos.
Para Octavio Muñoz, él fue una figura paterna. Hoy en día ni siquiera sabe bien qué fue lo que pasó, pero dos días antes de nacer, su papá sufrió un accidente manejando moto. Del golpe quedó en estado vegetal y con el tiempo tuvieron que desconectarlo. Su nombre, Octavio, es un homenaje al papá que nunca llegó a conocer.
Sin él, el Emperatore se crió bajo el manto y la tenacidad de su mamá, el amor incondicional de su abuela paterna y la inspiración y guía de su hermano. Sebastián tampoco tuvo padre, pues el suyo abandonó la casa cuando él era un bebé. Sin embargo, tuvo en Carmen Orrego toda la fuerza, el cariño y el ejemplo que necesitaba. Y en su hermano, el pequeño y alegre Octavio, un rayo de felicidad que desde que nació sabía que lo iba a acompañar por siempre.
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En sus ausencias, los dos estaban para el otro. Por eso esa noche, en la que Sebastián no llegó a casa, a Octavio por un momento se le apagó el alma. Su hermano había sido arrollado por un carro. Era lo único que sabían. Su mamá llegó primero que la ambulancia y ahí lo supo todo; su hijo, cruzando la calle, al parecer perdió el conocimiento por unas milésimas de segundo y en el lapsus cayó como un bulto cuando lo chocó el vehículo. Por fortuna quedó vivo, pero la embestida le ocasionó una rotura de rótula y la dislocación del hombro y el cuello. Además, por el golpe se le abrieron el párpado y la cabeza. Una tragedia que lo llevó a retirarse, para siempre del sueño de jugar al básquet.
El ejemplo de su mamá no los dejó rendirse. Ni en medio de esa tempestad perdieron la sonrisa. Todo lo contrario, Octavio recibió ese momento como una promesa. Una que guiaría su destino: cumplir lo que a su hermano le arrebataron. Ver en la sonrisa de su madre el triunfo de su esfuerzo y sus años de batalla, solitaria, para sacar a sus hijos adelante.
Octavio Muñoz intentó tirar la toalla varias veces, pero el ejemplo de sus cercanos lo hizo seguir adelante. Esa es la satisfacción más grande al mirar atrás: haber cumplido el anhelo de la familia. El debut, tras años de preparación, llegó con Academia de la Montaña. Después, cuando el equipo cambió el nombre, jugó para Tigrillos y también para Búcaros, club al que enfrentará con su actual escuadra, Cafeteros, en los cuartos de final de la Liga de Baloncesto.
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Cumplió varios sueños, como jugar con la selección colombiana de mayores, pero con apenas 22 años aspira a más, como ir a Europa, el gran anhelo de su mamá. También quiere el título con Cafeteros, “porque ya se lo merecen”, asegura. “Esperamos que todos en Antioquia y Rionegro vayan a apoyar al equipo, vamos por la copa”, dice.
Hoy, que es una de las grandes revelaciones de la Liga, ve que en todos sus movimientos, que en todo lo que hace, se parece a su hermano. En la velocidad, la visión, el dribling y el tiro. Todo se lo enseñó él. Sin embargo, lo que más recuerda de sus enseñanzas, palabras que lleva en sí como un mantra, es lo que le decía desde que entrenaban en esa cancha casi colgada del cielo en el barrio Oasis de Envigado. “Me decía que no podíamos rendirnos nunca. Por mi mamá. Que en su honor, debíamos tener la cabeza en alto. Ella, estando viuda y con dos hijos, nunca nos abandonó ni nos dio por perdidos. Siempre nos amó, haciéndonos valer por sobre todas las cosas. Eso me lo metió en la cabeza. Y por eso juego al básquet, por él y por ella. Porque soy feliz cuando juego y recuerdo que lo hago, lo hago por ellos”.
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