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Grados presenciales

Arturo Charria
07 de octubre de 2020 – 10:00 p. m.

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Este año hemos visto cientos de imágenes de estudiantes que reciben su diploma de grado en sus casas o a través de una pantalla. Entre lágrimas y risas, comparten ese momento que simboliza el cierre de un proceso por el cual se han esforzado durante años. Estas imágenes han sido principalmente de estudiantes universitarios y de colegios de calendario B. Sin embargo, ahora que vienen los grados de estudiantes de colegios públicos y privados de calendario A, debería plantearse un debate, serio y tranquilo, sobre la importancia de hacer ceremonias presenciales.

Basta hablar con los estudiantes de grado once para encontrar en la conversación dos temas recurrentes: el Icfes y los grados. Lo primero les genera incertidumbre. A la ansiedad que suele producir esta prueba, hay que sumarle que muchos no se sienten preparados. Lo segundo les genera tristeza y frustración, pues sienten que los adultos discuten sobre ellos, pero sin tenerlos en cuenta. Por eso, el debate sobre los grados presenciales no debe hacerse sin los estudiantes.

La discusión tendría que darse en dos dimensiones: por un lado, desde un punto de vista logístico y, por otro, desde lo que esta ceremonia representa para los estudiantes y sus familias. Sobre lo primero hay suficiente información para construir protocolos que garanticen que las ceremonias se hagan al aire libre, conservando la distancia y con los elementos de bioseguridad necesarios. Lo segundo suele verse como un capricho o un trámite; se dice que es algo aplazable porque la vida está primero, como si vivir no fuera también la suma de esos momentos. Por eso esta discusión no puede caer en la trampa de que existen dos bandos: el bueno que busca proteger la vida y otro que, con sus decisiones, quiere llevar a estudiantes y docentes a la muerte.

Para un estudiante de once, ese último año tiene mística: es un momento que durante años esperó y también es un periodo de tránsito en el que se define gran parte de su proyecto de vida. Adicionalmente, para un estudiante y para su familia, terminar su proceso escolar es un logro que obtienen tras años de sacrificio. Ofrecer un cierre a ese proceso, con el respectivo cuidado, debe ser un esfuerzo común que no puede caer en la disputa que produce la alternancia.

En Cúcuta, por ejemplo, está el colegio Mercedes Ábrego con 271 jóvenes en grado once y también el Instituto Técnico Rafael García Herreros en la zona rural del municipio, que gradúa a nueve estudiantes. Esto implica que no todos los protocolos pueden ser los mismos, pues los espacios y el número de jóvenes varían en cada institución. Sin embargo, el motivo por el cual las ceremonias deben hacerse presencialmente sí debe ser uno solo: el reconocimiento a los estudiantes que, a pesar de tantas circunstancias, se gradúan como bachilleres.

Alcanzar un consenso en este sentido enviaría un mensaje necesario de unidad y resiliencia. El liderazgo de los directivos docentes jugará un papel importante en esta decisión, pero deben sentirse acompañados por todos los estamentos de la comunidad educativa y por una firme posición de las secretarías de Educación. Este podría ser el impulso necesario que muchos estudiantes de once necesitan para terminar este año escolar.

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