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Pertenecemos a una generación que ha gozado de placeres y privilegios que ni siquiera soñaron los más poderosos monarcas de otros siglos. Volamos de un continente a otro en cuestión de horas, vivimos en casas donde basta oprimir un botón para lavar la ropa sucia, otro para preparar la comida y otro para calentar el agua del baño y, por si fuera poco, en el supermercado del barrio tenemos al alcance de un brazo extendido aceitunas de España, vinos provenientes de Chile, cereal fabricado con maíz cultivado en Estados Unidos, aceite de oliva de los países mediterráneos o deliciosos chocolates suizos.
Todos esos privilegios tienen un origen común. Desde que descubrimos la manera de extraer energía de ese engrudo negro que llamamos petróleo, oculto en grandes lagos debajo de nuestros pies, el mundo comenzó a moverse mas rápido, de alguna manera convertimos al planeta en una gran aldea. No por otra razón día tras día los medios de comunicación registran cada centavo que sube o cae el valor del galón de petróleo.
Pero todo tiene un precio. Y el que pagamos en el supermercado cada vez que salimos cargados de bolsas para abastecer la nevera de la casa o cuando llenamos el tanque de gasolina para ir a la oficina no es un precio real. Nuestro sistema económico está fundado en mentiras ecológicas y es insostenible más allá de unas cuantas décadas. Al menos eso asegura Lester Brown, director del Earth Policy Institute, una de las organizaciones más importantes en estudios ambientales. Brown no se cansa de repetirlo a donde va: “los días de una economía basada en los combustibles fósices, centrada en los automóviles y en los productos desechables, están contados”.
“Huella ecológica” es el término con que Mathis Wackernagel se refirió a la taza a la que devoramos los recursos naturales. Según sus cálculos para el 2050, cuando se supone que la población humana será de 9.000 millones de personas, consumiremos los recursos de dos planetas. Por supuesto, la solución no es salir a explorar la vía láctea.
Basta pasar las páginas de uno de los diagnósticos más completos sobre el estado de salud del planeta, el informe GEO 4, elaborado con la colaboración de unas 50 organizaciones alrededor del mundo y divulgado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente a finales de 2007, para descubrir los frentes de trabajo: seis millones de kilómetros cuadrados de tierras desérticas es la gran mancha sin vida en el planeta, uno de cada 10 de los ríos más grandes del mundo no llega al mar durante parte del año por las demandas de agua para riego, la capa de hielo de Islandia se derrite más rápido de lo que se forma el nuevo hielo. Las especies se extinguien a unas tasas que son 100 veces más rápidas que las tasas observadas a través de los registros fósiles.
Todo esto tiene un solo nombre: cambio climático. Habitamos un planeta con fiebre. Sabemos que en los últimos 30 años las temperaturas medias globales se han incrementado 0,74°C desde 1906, y en este siglo podrían subir entre 1,8°C y 4°C. Lo tenebroso de esta historia es que un incremento de 2°C más supondrá el límite de un daño irreversible.
Herencia ambiental
¿Qué mundo dejaremos a las nuevas generaciones? ¿Cómo será esa catástrofe que muchos vaticinan? ¿Que sucedará primero y que despúes? No lo sabemos. Ningún científico lo sabe. Desconocemos dónde está el límite que no se debe cruzar. Ignoramos el punto de no retorno. Apenas sospechamos cuál es el lado más fino de la cuerda de todo el ecosistema. Para Lester Brown sencillamente “hemos acelerado el reloj de la extinción”.
Tim Flannery, autor del libro “El clima está en nuestras manos” y quien actualmente se desempeña como director del South Australian Museum plantea, basado en diversos reportes los tres posibles puntos de inflexión de un desastre mayúsculo: la deceleración o interrupción de la Corriente del Golfo; la muerte de las pluviselvas del Amazonas; y la liberación explosiva de metano desde el fondo del mar. Algunos científicos hablan de una cuarta: Groenlandia. Lo cierto es que ecender cualquiera de estos interruptores significaría el principio del fin de la civilización.
Si se caliente lo suficiente el casquete polar del norte como para derretir la capa de hielo de Groenlandia, entonces sus altas paredes de hielo de más de una milla, se vertirán al mar. Igual que si se derritiera un enorme hielo sobre un vaso con agua casi hasta el tope. Con siete metros más de altura, el mar arrasará millares de ciudades costeras. Más del 60% de la población del mundo vive a 100 kilómetros de la costa. Los Países Bajos, Manhattan, Bangladesh, Calcuta, millares de poblaciones a lo ancho y largo de los siete continentes tendrán que ser borradas por los cartógrafos del futuro. ¿Se imagina millones de personas convertidas en inmigrantes del cambio climático? Un informe de la CIA en los años 70, que pretendía explorar los riesgos de seguridad sobre Estados Unidos en circunstancias de cambios climáticos, elaborado con el apoyo de la Universidad de Wisconsin, señalaba que se producirían grandes caravanas de inmigrantes y que, en tal caso, los esfuerzos del gobierno deberían enfocarse en detener tales migraciones aún con medidas militares (A Study of Climatological Research as it Pertains to Intellegence Problems, Agosto, 1974, Reportes de la CIA).
Pero puede ser que Groenlandia no se derrita. Puede ser que la tala continua del Amazonas la haga lo suficientemente vulnerable como para que los incendios forestales se salgan de control, y el pulmón del mundo, que atrapa varios millones de toneladas del CO2 que lanzamos al aire con nuestros carros, fabricas y ciudades, deje de existir. El crecimiento de gases invernaderos en la atmosfera sería exponencial, la temperatura del planeta daría un salto drástico, los suficientes para que ninguno de los paisajes que hoy fotografiamos vuelvan a ser los mismos. El último reporte sobre la Amazonía brasileña registró una perdida por deforestación, entre agosto de 2007 y julio de 2008, cercana a los 11.968 kilómetros cuadrados, un área equivalente a la mitad de un país como El Salvador.
¿Y si se detiene la Corriente del Golfo, ese gran chorro oceánico, el más rápido del mundo y que transporta 100 veces más agua que el Río Amazonas?. La Corriente del Golfo lleva el agua caliente de la zona media del Atlántico hasta la zona norte del continente europeo. A medida que las aguas pierden calor forman una gran cascada debajo del mar y regresan al sur, convirtiéndose en el gran motor de todas las corrientes oceánicas del planeta. “En caso de reducirse la velocidad de la Corriente del Golfo, es posible que se experimentaran cambios extremos de temperaturas en Europa y América del Norte”, apunta Flannery.
La historia del metano liberado desde el lecho marino es la de una bomba de tiempo. Los clatratos, cristales de hielo que guardan en su interior moléculas de metano, abundan en el lecho marino. La presión del agua fria los mantiene estables y escondidos. Pero si esa temperatura se alterara a un punto en que perdiera su capacidad de regular los clatratos, estos comenzarían a liberar el metano almacenado por millones de años. La cantidad de metano, uno de los gases que produce el efecto invernadero y recalienta el planeta, es tal, que supera todas las reservas de gas natural que conocemos. Sería como destapar una gigantesca tubería que calentaría el planeta en un breve tiempo.
¿Actuar o no actuar? Esa es la cuestión
Albert Einstein escribió en alguna ocasión que “la vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”. La última mitad del siglo XX sera descrita por los historiadores como una época de gran expansión industrial y tecnologíca, de graves amenazas al medio ambiente, pero también como la época en que la conciencia ambiental se convirtió en un principio de vida para millones de personas y cobró fuerza un gran movimiento ecologista.
“Si no hacemos nada, los cambios se impondrán sobre nosotros. Los niveles crecientes del mar inundarán muchas áreas, la escasez de agua y los cultivos fallidos convertirán a millones de persona en refugiados ambientales, los desastres naturales matarán miles de personas”, piensa Gerd Leipold, director de Greenpeace Internacional, “pero si escogemos actuar, entonces podremos crear sociedades modernas basadas en energias renovables y dar un uso eficiente a la energía. Consumiremos menos de los recursos de la tierra, y lo que usamos lo reutilizaremos. Aprenderemos a valorar la comunidad mas que el consumismo material, y nos haremos responsables de todo el planeta y de las generaciones futuras”.
En su trabajo como director de una de las ONGs más activas y con al menos tres millones de socios en todo el mundo, Leipold cree que hay motivos para tener esperanza: “Si bien muchos gobiernos se han despreocupado del cuidado del ambiente, existen muchos signos alentadores de individuos, organizaciones, corporaciones y goviernos”.
Cuando dice esto pasan por su mente el caso de los pequeños granjeros que ha visto en la India produciendo biogas, los millares de turbinas de viento que ve aparecer por todos lados, luchadores como Ildelfonso Zamora quien defiende los bosques de su comunidad en San Juan Atzingo y el gran trabajo y liderazgo del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático.
Por cuenta propia Maude Barlow es un caso ejemplar de lo que puede llegar a hacer alguien que se toma como propio el problema del medio ambiente. En 2005, Barlow ganó el Premio Nobel Alternativo, que cada año se entrega en el Parlamento Sueco, a personas que “trabajan en la búsqueda y aplicación de soluciones para los cambios más urgentes que necesita el mundo actual".
La hoy Presidenta Nacional del Consejo de Canadienses, la mayor organización en pro de los derechos de los ciudadanos y cofundadora del proyecto Planeta Azul, es una mujer en la que una voz suave y gentil hace contraste con sus fuertes convicciones y sus sólidos argumentos. Comenzó a interesarse por los problemas del agua cuando Canadá y Estados Unidos negociaban el Free Trade Agreement, un acuerdo comercial que precedió a la firma del Nafta. “Noté como el agua se estaba convirtiendo en un bien comercial. Canadá era un país rico en agua y Estados Unidos en cambio, comenzaba a ser un país sediento. En los años ochenta, las empresas privadas comenzaban a interesarse con fuerza en el negocio del agua”, relata Barlow quien migró del moviemiento feminista al movimiento verde.
Su libro “El oro azul”, publicado en 1985, donde advertía como el agua sería la fuente de conflictos futuros, se convirtió rápidamente en un best seller traducido a decenas de idiomas. Con humor dice que desde entonces se convirtió en “la reina del agua” y “los periodistas en Canadá dicen que soy el Al Gore del agua”.
Barlow viaja hoy por todo el mundo invitada a conferencias, dando apoyo a organizaciones locales, recopilando información sobre la situación del agua en distintos países. Su nuevo libro se titula “Pacto azul: la crisis global del agua y la batalla próxima por el derecho al agua”. Vasta una sencilla pregunta para que su memoria comience a enumerar ejemplos de esa crisis. Explica como China extrae agua de la parte norte de los Himalayas poniéndo en aprietos a los ríos que irrigan buena parte de la India. O el caso de Libia en África, que se adueñó de acuíferos que pertenecen a otros cuatro países. “Creo que México y Estados Unidos comenzarán a tener serios problemas en torno al Río Colorado”, apunta Barlow.
La solución: plan B
A un medio año de la próxima gran convención sobre Cambio Climático en Copenhague, donde se intentará un nuevo acuerdo que reemplace al Protocolo de Kyoto de 1997, Lester Brown cree que no hay tiempo para esperar que todos los gobiernos se pongan de acuerdo, la urgencia del tema no puede depender de la burocracia internacional. Dice que el cambio debe nacer en cada individuo, en pequeñas comunidades, al interior de cada Estado.
Hace 30 años, Brown era tildado de pesimista por muchos de sus colegas. Hoy habla con cierto entusiasmo y sus respuestas son esperanzadoras. El dice que simplemente trata de ser realista y la tecnología necesaria para cambiar de rumbo ya está en nuestras manos.
“Lo excitante ahora es que comenzamos a ver como podemos reducir las emisiones de carbono y la concentración atmosférica de CO2. Hace apenas unos pocos años comenzaron a aparecer alternativas tremendas de energías renovables, en una escala que no habíamos visto”, apunta Brown, “el estado de Texas que fue el líder de produción de petróleo en el último siglo, ahora tiene en fase de operación, en construcción o en planos, granjas eólicas que producirían un total de 4.500 megavatios. ¡Es enorme!.”
Los ejemplos abundan por todo el planeta. Dinamarca ha sembrado sus campos de turbinas de viento de las que ya extrae el 20% de su electricidad mientras Brasil ya comienza a pensar en exportar biocombustibles. En ciudades como Amsterdam el 35% de los viajes se hacen en bicicleta. Fabricantes de autos como Honda planean tener modelos de autos que funcionen con hidrógeno para el 2018.
Países como Chipre, Isarel y Jordania conocen los sistemas de riego por goteo que pueden reducir el consumo en el campo hasta en un 30%. También pululan en distintos países los esfuerzos por aumentar la eficiencia de la producción de proteína.
Vance Martin, Presidente de la organización ambiental The Wild Foundation considera que la elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos es el fin de una era de analfabetismo ambiental y de insensibilidad política: “El ambiente es uno de los pilares del Presidente Obama para reestructurar la visión de la sociedad americana y su economía. Él reconoce que el éxito humano emana de un paradigma ambiental, y que sólo trabajando sobre realidades ecológicas podemos construir una sociedad verdaderamente sustentabale, próspera y saludable”. Por supuesto, las nuevas políticas no aparecerán de la noche a la mañana y ciertos sectores corporativos se resistirán al cambio de pensamiento y acción. La revolución verde cada día toma más fuerza.
La solución: plan B
A un medio año de la próxima gran convención sobre Cambio Climático en Copenhague, donde se intentará un nuevo acuerdo que reemplace al Protocolo de Kyoto de 1997, Lester Brown cree que no hay tiempo para esperar que todos los gobiernos se pongan de acuerdo, la urgencia del tema no puede depender de la burocracia internacional. Dice que el cambio debe nacer en cada individuo, en pequeñas comunidades, al interior de cada Estado.
Hace 30 años, Brown era tildado de pesimista por muchos de sus colegas. Hoy habla con cierto entusiasmo y sus respuestas son esperanzadoras. El dice que simplemente trata de ser realista y la tecnología necesaria para cambiar de rumbo ya está en nuestras manos.
“Lo excitante ahora es que comenzamos a ver como podemos reducir las emisiones de carbono y la concentración atmosférica de CO2. Hace apenas unos pocos años comenzaron a aparecer alternativas tremendas de energías renovables, en una escala que no habíamos visto”, apunta Brown, “el estado de Texas que fue el líder de produción de petróleo en el último siglo, ahora tiene en fase de operación, en construcción o en planos, granjas eólicas que producirían un total de 4.500 megavatios. ¡Es enorme!.”
Los ejemplos abundan por todo el planeta. Dinamarca ha sembrado sus campos de turbinas de viento de las que ya extrae el 20% de su electricidad mientras Brasil ya comienza a pensar en exportar biocombustibles. En ciudades como Amsterdam el 35% de los viajes se hacen en bicicleta. Fabricantes de autos como Honda planean tener modelos de autos que funcionen con hidrógeno para el 2018.
Países como Chipre, Isarel y Jordania conocen los sistemas de riego por goteo que pueden reducir el consumo en el campo hasta en un 30%. También pululan en distintos países los esfuerzos por aumentar la eficiencia de la producción de proteína.
Vance Martin, Presidente de la organización ambiental The Wild Foundation considera que la elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos es el fin de una era de analfabetismo ambiental y de insensibilidad política: “El ambiente es uno de los pilares del Presidente Obama para reestructurar la visión de la sociedad americana y su economía. Él reconoce que el éxito humano emana de un paradigma ambiental, y que sólo trabajando sobre realidades ecológicas podemos construir una sociedad verdaderamente sustentabale, próspera y saludable”. Por supuesto, las nuevas políticas no aparecerán de la noche a la mañana y ciertos sectores corporativos se resistirán al cambio de pensamiento y acción. La revolución verde cada día toma más fuerza.