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Se supone que la ciencia y la tecnología buscan que la vida sea más sencilla, lo que indudablemente se ha conseguido, pues a cada momento aparecen aparatos que en segundos y solos hacen lo que antes hacían muchas personas en horas. Sin embargo, como nada es perfecto, todos esos inventos, especialmente los que están relacionados con la informática, tienen un pequeño problemilla: las claves.
¡Qué barbaridad! No hay computador, aplicación, celular, cajero automático, o lo que sea, que por más maravilloso y versátil que parezca, no le exija al usuario una contraseña para que haga lo que tiene que hacer. Y es que en principio hacer eso, que parece elemental, no debería ser un inconveniente. Qué bobada, podría pensarse, si no fuera porque ella, la contraseña, no puede ser la “contraseñita”, o sea la fórmula elemental que cualquier ser humano con un “IQ” normal podría aprenderse, sino que, por el contrario, tiene que ser la CLAVE. Sí, la CLAVE, así con mayúsculas, pues el sistema, como se denomina al obstáculo que de ahí en adelante será el que a su antojo nos deje o no usar el aparato y nos arruine la felicidad de contar con él, nos impone que construyamos: “una combinación alfanumérica de al menos trece caracteres, en la que haya letras mayúsculas y minúsculas en iguales proporciones pero no repetidas, dos números pares y uno impar, o al revés, y un signo de estos #$[=%&*” ¡Ah guama! Diría una abuelita. Será entonces en ese momento cuando el usuario recordará, especialmente si ya es de cierta edad, sus épocas de infancia cuando le regalaban juguetes de pilas, que venían sin pilas, pues ahora, siendo ya una persona hecha y derecha, cuenta con un aparato que supuestamente le va a hacer su existencia más placentera, pero que no puede usarlo pues para ello debe aprenderse una clave para la que su cerebro no venía formateado.
Hay, sin embargo, otros casos en que la tecnología es más benigna y exige contraseñas de sólo cuatro números. ¡Uff, qué alivio!, dice el usuario. Pero resulta que no hay tal, pues apenas va a meter el año de su nacimiento, que es lo que todo ser humano sensato y medianamente inteligente hace, una alarma le dice que no use esa clave, pues es “ridículamente” obvia. Ante esto, el individuo ya un tanto nervioso, pues sabe que está corriendo el tiempo para que el aparato quede indefectiblemente bloqueado, recurre a los cumpleaños de padres, hijos, esposa y hasta de amores furtivos, todos los cuales son rechazados pues se trata de “claves ya usadas”. Y ocurre lo temido…, el bloqueo, para lo que la tecnología nos tiene preparada otra tortura: “las preguntas para recuperar la clave”.
Por eso, volviendo a las abuelitas: “las cosas pasan cuando deben pasar”, o si no ¿se imaginan la angustia para abrir un cinturón de castidad de esta época?
*Abogado consultor