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Hojas sueltas

Elisa, “abrecaminos”

Alfredo Molano Jimeno
14 de septiembre de 2020 – 12:01 a. m.

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Hija mía, llegas a un mundo en un tiempo raro, cuando se habla de un virus convertido en pandemia, que además de costar vidas ha descorrido el velo de un sistema que se alimenta de la gente más humilde. Un sistema sin valores, sin tiempo para vivir ni para morir. Tiempos raros donde lo menos seguro es un abrazo, una fiesta, un teatro o un hospital. Por no sumarle que hoy da más miedo la Policía que los ladrones. Un tiempo que, paradójicamente, permitió que llegaras en casa sin batas, tapabocas ni medicamentos, con papá y mamá en pijama.

Del nacimiento de tu hermana, la bella Sofía, salimos con dudas de que la mejor manera de traer gente al mundo fuera por la convención médica, donde te salvan, pero también te arrebatan la autonomía. Nacer, aunque la madre no tenga ningún riesgo de salud, no es la excepción. Al ingresar al hospital a la madre le toca entregarse. Le suministran un medicamento que acelera el parto y le dan dolores de otro mundo, la conectan a mangueras, la anestesian, la acuestan para comodidad del médico y le inducen el parto, despojándola de su naturaleza paridora. Cada vez más, hacen cesáreas por deporte, así los hospitales ganan tiempo y cobran honorarios, los del doctor, la sala de cirugías, el anestesiólogo, los materiales quirúrgicos, etc.

Te cuento esto porque eres mujer y enfrentarás un mundo poco seguro, donde las violan, las acosan, las matan, las minimizan, les pagan menos, las despojan de su voluntad. Por eso Natalia, la decidida, optó por explorar el parto en casa, y en esa duda apareció Ana, vieja amiga, médica de profesión y partera por convicción. Ella le regresó a tu madre, la indecisa, la seguridad de que ella era suficiente para dar vida. Con el avance de la pandemia y los hospitales llenos, parir en casa se convirtió en una certeza. Así pasaron las 40 semanas con sus nueve lunas.

Hace unos días, a las 4 de la tarde, llegaron a casa Ana, Manuela y Nazly, dos dulas acompañantes. Prendí la chimenea mientras ellas prepararon todo. A las 7:00 p. m. las contracciones se hicieron más regulares. Pusimos música y luego cantaron. En círculo nos encomendamos al poder de Natalia, la racional. El tiempo pasó a cuentagotas, con tu madre buscando lugar. Yo medía las contracciones. A las 10 p. m., el trabajo de parto alzó vuelo. Natalia, la bailarina, prefirió pasar de los cantos carnáticos a la salsa. Tomó bríos y bailó, suelta, libre y bella. Los tambores y la rumba la transformaron. Natalia, la loba, se hizo animal. Y su dolor se tradujo en un aullido que le salía del centro del mundo.

A media noche, Anita quiso saber cómo estaba tu corazón. Natalia, la poderosa, estaba en el suelo, frente al fuego, estremecida de dolor, en cuclillas, entrelazando sus manos con las mías, mientras la sostenía de espaldas. La vida y la muerte se besaron en ese instante y tu madre gritó tu nombre al tiempo que pujó tu salida con fuerza uterina. Entonces apareció tu cabeza, tu llanto, el mío y el de Natalia. Alumbraste en una montaña paramuna a las 1:05 a. m., casi a la misma hora en que murió mi padre, hace ya casi un año.

Sobre el llanto de ese duelo juré salirle a la vida con más fuerza. Por eso tu vida, hija mía, viene de una muerte que no podía dejar otra cosa que ganas de luchar. Te llamarás Elisa Molano Herrera porque a él le gustaba ese nombre, que llevó también su abuela. Y yo, como él conmigo, te enseñaré que en agosto soplan vientos que hacen verano, que detrás de una montaña siempre hay otra montaña, que la libertad sabe al galope de un caballo en la sabana, que la derrota enseña más que la victoria y que no hay mejor cansancio que el del acto honrado con uno mismo. Te llevaré al Atrato y al Cauca y amarás el Orinoco y a su gente. Dormirás en chinchorro, como tu hermana Sofía, y nunca tendrás acciones en un club social. De seguro me traerás desvelos y alegrías y yo te daré un huequito en mi pecho para que te abrigue del viento y los dolores. Bienvenida a este mundo, Elisa, abrecaminos.

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