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En Estados Unidos se demoraron en advertir el grave peligro para la democracia que representaba Donald Trump.
Frente al populismo hay cuatro posturas: la de los seguidores o beneficiarios del populista, que lo niegan con furia; la de quienes lo reconocen y se preocupan por sus efectos dañinos para la economía y la paz social, pero no ven riesgos de fondo para la democracia; la de quienes no entienden el concepto o les parece exagerado “reducir” a un político a populista, y la de unos pocos que entienden que el populismo es el instrumento de los autoritarios para subvertir las democracias sin recurrir a tanques de guerra y cierres de congresos, que ganan a base de rabia, cooptan o desprestigian instituciones para gobernar sin límites, y hacen trampa para quedarse en el poder.
El intento de Trump para subvertir la democracia no comenzó ni terminó el 6 de enero de 2021. Inició meses antes, cuando advertía de un supuesto fraude con teorías de conspiración absurdas y anunciaba que no reconocería la derrota en esas circunstancias, en razón a que durante toda la campaña perdió frente a Joe Biden en todas las encuestas serias. Y continúa a todo vapor, manteniendo la deslegitimación del Estado de derecho con la tesis del fraude electoral, expidiendo leyes para limitar el derecho al voto en estados con control republicano de las asambleas estatales y forzando al Partido Republicano hacia posturas antidemocráticas y cómplices de la violencia subversiva. Todo, para asegurar el regreso al poder de Trump o un áulico suyo en 2024.
A nadie sorprendieron las maniobras para quedarse en el poder de los cinco presidentes populistas del área andina que se siguieron como un dominó desde finales del siglo pasado hasta 2007, empezando con Fujimori y siguiendo con Chávez, Uribe, Evo y Correa. En el caso de Uribe, fue evidente desde el anuncio del cambio del “articulito” y las maniobras por las que ministros suyos aún pagan penas de cárcel, desde que alegaba que el Estado de opinión prevalecía sobre el Estado de derecho y bromeaba sobre una supuesta “encrucijada en el alma” mientras impulsaba acciones legislativas para reelegirse por segunda vez, que la Corte Constitucional encontró tramposas.
No solo Estados Unidos avanza como un sonámbulo hacia una posible defenestración de su democracia a manos de un hombre que controla una parte grande de la política. En Colombia el candidato que va adelante en las encuestas viene construyendo metódicamente el caso de un supuesto fraude electoral en su contra. Cuando se le pregunta qué haría en el eventual caso de que el Congreso bloqueara las reformas que proponga como presidente, dice que le echaría encima al pueblo, que llama “el dueño de la democracia”, desconociendo el principio democrático esencial del equilibrio de poderes. Sostiene que en un periodo no se alcanzan a hacer las reformas que propone y es vago al responder sobre si dejaría el poder en cuatro años. El candidato que va tercero en las encuestas imita el proyecto populista de Trump. Contribuyen a facilitar el populismo el Gobierno Duque y la clase política averiando la democracia con abusos de poder, mermelada para los órganos de control, limitaciones a la Ley de Garantías, silencio frente los abusos policiales contra ciudadanos…