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Las imágenes que llegaron de México esta semana impactan: mujeres vestidas de negro, varias de ellas con los rostros cubiertos, se tomaron la sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y desde allí gritaron: “No perdonamos ni olvidamos”. Pintaron paredes y cuadros, colgaron banderas y se hicieron sentir con una dosis de vandalismo que, por supuesto, muchos criticaron con vehemencia. Ellas respondieron diciendo que esperaban la misma indignación cuando asesinan mujeres. Se tomaron el lugar para reclamar justicia en los casos de feminicidios y para pedir que no haya más mujeres víctimas de la violencia de género. También estaban las madres que buscan a sus hijos desaparecidos y que los quieren de regreso ya. El de estas mujeres es un reclamo desesperado. Lanzan algo así como una bofetada a una sociedad que tiende a ser sorda ante sus reclamos.
En Colombia tampoco se detiene el conteo de muertas y más muertas en una serie de horror que no conmueve ni mueve. Estamos demasiado anestesiados y demasiado dedicados a pelear por ver quién es el culpable de los otros muertos como para notar la lenta masacre de los feminicidios, esa que no tiene ideología, esa que no se le puede atribuir al narcotráfico,ni a la guerrilla, ni a los paras de antes ni a los de ahora. Esa con la que no se puede hacer política, esa que nos desangra desde antes, desde siempre. Esa en la que unos y otros tienen su parte, esa que golpea por todo el país y para la que no hay proceso de paz ni guerra abierta ni fumigación que funcionen. La masacre de los feminicidios no se ve porque las víctimas caen día por día y poco importa si ya son más de 140 este año. Es como si dijéramos como país: “Mejor no meterse en asuntos privados”.
En muchos casos de feminicidio hay hijos que pierden al mismo tiempo a la madre que es la víctima y al padre que es el victimario. Por cada mujer asesinada hay una familia rota y muchas vidas impactadas que se tendrán que reconstruir poco a poco y lentamente, si lo logran. Para esas víctimas no hay ni siquiera reconocimiento, no las vemos como tales, no hay leyes que ayuden, no hay quien escuche, no tienen voceros porque al final muchas de esas víctimas prefieren callar, no contar, porque se sienten culpables por lo que hizo el agresor: cargan con el estigma de ser hijos de un asesino.
El feminicidio ha sido una constante en nuestra historia. Tanto, que la cultura popular está plagada de canciones sobre la violencia por celos y despecho. “Yo tuve que matar a un ser que quise amar…”, dice un tema muy conocido, como si la violencia fuera la única salida, como si de verdad estuvieran justificados esos asesinatos. Los criminales levantaban la bandera de “la ira y el intenso dolor” y con eso lograban evadir el castigo. Hoy la ley establece el feminicidio como un delito autónomo con penas más altas, pero eso no ha acabado el problema. Las leyes sirven, pero pocas veces resuelven de fondo. A pesar de los castigos que establecen las normas, la cuarentena se convirtió en una trampa mortal para decenas de mujeres que fueron asesinadas mientras nos confinaron con la idea de proteger la vida. Muchas quedaron encerradas con el enemigo.
No querer ver, entender ni enfrentar la masacre de feminicidios no significa que no exista. Es real, deja secuelas, destruye familias y golpea a la sociedad. Por eso, cuando veo a las mujeres que en México gritan por las que ya no están, pienso que aquí tenemos que seguir gritando también en medio del desierto aunque nadie escuche. En algún momento vamos a entender que esa violencia no es asunto de feministas, como creen algunos, es un problema que necesita atención prioritaria de la sociedad, del Estado, de los medios. Ni una más.