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Desde su anuncio, muchas han sido las expectativas que han despertado los diálogos de paz entre el Gobierno y las Farc. Numerosos han sido, igualmente, los interrogantes y los debates que han suscitado.
Esta polarización no debería escandalizar a nadie. Era previsible y debe ser considerada como expresión de un sano y maduro debate. Sin embargo, el secuestro de dos miembros de la Fuerza Pública en el Valle del Cauca y las repetidas acciones violentas de las Farc contra la población civil han acrecentado el pesimismo y la desesperanza.
Es comprensible que el pueblo colombiano manifieste escepticismo frente a las turbulencias que han caracterizado a este proceso: si la retórica de la subversión ha producido no poco desconcierto, sus acciones han provocado dudas sobre sus intenciones de paz.
Si el proceso afronta hoy una “crisis” de credibilidad es mérito de la provocación de la subversión. Las Farc, en su particular “lógica de guerra”, no han sabido interpretar el sentir del pueblo dispuesto a aceptar, pro bono pacis, condiciones favorables para lograr la reconciliación, pero no al precio de ser chantajeado por el terrorismo.
Hasta el momento, Gobierno y sociedad civil han tolerado, con la paciencia de Job, lo que ha contribuido a la estabilidad del proceso. Pero la copa está por rebosar. Va siendo hora de que la subversión corrija el rumbo y abandone su estrategia de intimidación, asumiendo el papel de negociador político que requiere la agenda tratada en Cuba. De ello dependerá la ratificación popular de los acuerdos y la futura legitimación democrática.
Se requieren manifestaciones de una auténtica voluntad de paz. De lo contrario, quedará demostrado que ésta jamás existió. La cesación de las acciones violentas y la liberación de todos los secuestrados serían medidas benéficas para la credibilidad.
Dicho lo anterior, estoy firmemente convencido de que los diálogos no han sido infructuosos. En medio de las incertidumbres hay también motivos de prudente optimismo.
La paz es una apuesta audaz. Requiere una fuerte dosis de convicción, paciencia y perseverancia. No podemos permanecer atrincherados en la irracionalidad de esta guerra por temor al fracaso. Más allá de los resultados de las negociaciones, la paz y la reconciliación serán el resultado de nuestra terca esperanza.
*Capellán Pedro Mercado