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En este repaso de los momentos más intensos vividos durante el cubrimiento de un año al conflicto libio, es imposible no mencionar a los miles de hombres y mujeres de todas las edades y clases sociales que, detrás de los telones de la inclemente violencia, encontramos batallando armados tan sólo con sueños, esperanza y solidaridad.
Es innegable que una enorme parte de la sociedad civil libia voluntaria y quizás valientemente tomó las armas y combatió en los diferentes frentes, para defender o acabar con los 42 años del poder de Muamar Gadafi. Ellos, rebeldes o fieles al régimen, listos a dar su vida y convertirse en mártires por una causa, fueron los protagonistas de las imágenes y las historias que le dieron la vuelta al mundo. Pero representa sólo una aproximación limitada a la compleja realidad y los múltiples escenarios que se estaban generando en Libia en medio del conflicto.
Fuimos testigos en Brega, Sirte y Ras Lanuf de cómo, con una mezcla de ferocidad y valentía, estos hombres arriesgaban y sacrificaban sus vidas, inclusive bajo las bombas de la OTAN. Pero también vimos cómo en diferentes regiones del sur del país, en especial en Bengasi, nacía un fascinante “frente no armado”. Un movimiento de combate pacífico que, con una fuerza inédita en este rincón del norte de África, convocó un potencial inexplorado de construcción civil de la paz, rompiendo la historia de 42 años de prohibición y desconfianza social.
Hoy es imposible olvidar la imagen de los jóvenes médicos que en el frente de batalla encontramos cuidando y asistiendo a los heridos y mutilados de la guerra. El 3 marzo, cuando en Brega un misil cayó a unos pocos metros de donde estábamos, los vimos con sus batas azules, su mística y algo de inexperiencia, atendiendo con escasos recursos pero sin igual dedicación a rebeldes y gadafistas, “pues todos son nuestros hermanos”.
Pienso también en las madres, esposas, hermanas y amigas de los rebeldes, que sin distinción de clases, con el niquab (velo) o sin él, durante la noche o el día se daban cita en casas y parques e improvisaban enormes cocinas comunitarias para en la madrugada ir al frente de combate a llevarles a los rebeldes los alimentos. Nos pareció particularmente curioso el movimiento de “barberos de la revolución”, un grupo de voluntarios peluqueros que semanalmente iban al frente “a cuidar la imagen de los combatientes”, según explicaron, porque “no queremos que nuestros jóvenes parezcan miembros de Al Qaeda”.
Podría escribir páginas enteras sobre encuentros y conversaciones cargados de humanidad, incluso de humor, con aquellos que decidieron no tomar las armas. Pero de esos días de combate, cuando la libertad parecía ganarse a riesgo de perderlo todo, recuerdo en especial a los jóvenes y las jóvenes que lucharon contra la censura.
Desde el 17 de febrero, Mohamed al Nabous, Radja y Zuhair improvisaron frente a la Plaza de los Mártires, y con nueve webcams prestadas por sus amigos, una red de internet. Su objetivo: vencer el aislamiento que había impuesto Gadafi y lograr filtrar las primeras imágenes de la represión. Mientras el régimen aseguraba que los rumores que se oían en los medios eran “pequeñas revueltas de drogados” y cortaba el acceso a internet y teléfonos, estos tres amigos y decenas de voluntarios que se fueron sumando le informaron al mundo, con su medio alternativo, que en Libia una nueva historia se estaba escribiendo.
Durante esos primeros días, Al Nabous, Radja y Zuhair fueron fuentes obligadas para muchos periodistas en busca de interlocutores que hablaran inglés y de las imágenes que podían proveerles.
En el mismo edificio, unos pisos más abajo, otros jóvenes organizaban una improvisada sala de prensa jalando un frágil cable de una antena satelital que permitía intermitentes conexiones a internet, las mismas que los periodistas recibíamos como un milagro. En la sala contigua, jóvenes músicos de rock y rap diseñaban sus logos y conectaban sus cables para, por primera vez, interpretar en los micrófonos canciones contra el régimen. Las mismas que años atrás les había costado la cárcel y hasta la vida a otros artistas. Entre tanto, pintores alimentaban con colores y creaciones los muros del edificio, y otros lo hacían con poesías.
El 18 de marzo, cuando se supo que las fuerzas del régimen se aproximaban a Bengasi con la misión anunciada por Gadafi de “limpiar el país de las ratas rebeldes”, la mayoría de los periodistas, y contra nuestra voluntad, acatamos la orden de salir de la ciudad. Todo apuntaba a una masacre inminente. Al Nabous, a quienes sus amigos le habían escondido la cámara, pues, según relata Zuhair, “la crudeza de la guerra y su afán por informar lo estaban llevando a tomar demasiados riesgos”, convenció a sus colegas de que ante la ausencia de periodistas su compromiso era registrar las imágenes de lo que iba a suceder. “Después de una fuerte discusión le entregué la cámara. Nabous era muy terco, nada lo iba a detener”.
Ese día, en horas de la tarde, Mohamed al Nabous hizo su último reporte en vivo. Unos minutos después una ráfaga silenció su voz y una bala acabó con su vida de 28 años. Libia al Hurra, como estos tres amigos llamaron su iniciativa, es hoy, en honor a Al Nabous, el más importante medio de TV independiente en Bengasi y un espacio con equipos cada vez mejores. Inicialmente pro revolución, hoy cuestiona y denuncia los errores del Consejo Nacional de Transición y cuenta con profesionales que se entrenan con disciplina en la labor periodística. Inspirados en Al Nabous, surgieron numerosos nuevos impresos.
En junio, en mi cuarto desplazamiento a esta ciudad, fui como invitada a una emisión radial de Tribute FM. Allí me recibieron, llenos de preguntas, jóvenes locales y libios que regresaban del exilio para unirse a la revolución. Juntos crearon esta radio, que transmite desde entonces programación en árabe y en inglés. El objetivo: hablarle al mundo, no sólo de la guerra, sino de los sueños, las inquietudes y los proyectos de esta generación libia.
Recuerdo un encuentro con Aladin, fotógrafo y joven libio que, por razones del corazón, se había instalado en Reino Unido y después en Colombia, donde residía temporalmente. Desde allí viajó a su tierra natal. Se improvisó entonces como locutor de Tribute FM y realizaba otras actividades “no armadas”, con las que quería inscribirse en la historia de éste, su país.
Fue aquí, en medio de paredes decoradas con grafitis y colores, que conocí también la música e Rami al Kahen. A sus 26 años, y al escuchar de la revueltas, regresó de Irlanda para combatir con su guitarra y sus canciones. Unos días después de terminar la letra y la música de We will not surrender (No desfalleceremos), fue derribado por un francotirador de Gadafi. “Todo sucedió a tan sólo una cuadra de aquí”, me señaló su hermano mayor, que, con evidente dolor, quiso mostrarme las fotos del joven músico y sus otras composiciones.
Con el ritmo pegajoso de We will not surrender en mi mente, me despedí de los jóvenes de este frente no armado, convencida de que si en el campo de batalla se estaba dando la resistencia, aquí, lejos, ajenos a los evidentes intereses de Occidente, a la manipulación de grupos religiosos extremistas y a las maniobras diplomáticas del Consejo de Transición, donde se estaba gestando lo que algún día será digno de llamarse una revolución.
El jueves: la violenta resistencia gadafista vs. la degradación de la revolución libertaria.